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Torete y Vaquilla

15 Dic 2007 

El vaquilla

El Vaquilla: cosas suyas
En cuanto a mí:

Murió sin pena ni gloria, Murió en Libertad. La muerte lo abrazó sin ruido, sin estruendo. Aquel niño nacido en el barrio de Vallbona (Barcelona) no fue elegido para vivir dignamente sino para luchar agriamente.


A los nueve años ingresó por vez primera en un reformatorio, cárcel de menores, donde comprobó que aquellos que hablaban en nombre de Dios molían a palos a los niños y hasta realizaban prácticas homosexuales con ellos. A fin de cuentas eran las víctimas que nadie iba a defender, sus familias, si es que las tenían, estaban ocupadas en otros menesteres más mundanos y no precisamente en conocer lo que estaba ocurriendo a sus niños.


Juan José decidió que aquello no era para él y un buen día escapó de aquel infierno incapaz de reformar nada.


Sus primeros seis años de prisión se fueron realimentando constantemente dando lugar a toda una vida de condena. Entre reformatorios, robos, drogas y rejas se le fue la vida.


Fátima Molina, su abogada, le aconsejó estudiar y escribir sus memorias; sin duda dos objetivos trascendentales para soportar la prisión y los abusos que con él se cometieron. Las autolesiones, las huelgas de hambre y los motines en la cárcel, para reivindicar un trato digno, fueron conductas frecuentes protagonizadas por Juan José. De nada o de poco sirvieron, si acaso para incrementar los años de condena y para justificar los duros castigos que se le aplicaron.


Vivió, también, su momento de gloria, un momento que, quizá, no supo aprovechar. En la década de los ochenta su biografía de infancia y adolescencia vio la luz y rodó una película bajo la dirección de Juan Antonio de La Loma.


En el año 1.994, tras doce años en las entrañas del infierno, la puerta de la prisión se abrió para que Juan José pudiera disfrutar de tres días de libertad. El sueño, tantas veces acariciado, apenas susurrado, se hizo realidad.


Los permisos se sucedieron, pero el hombre largamente encadenado no supo liberarse de sus demonios y su mente rescató de las ventanas de la memoria el recuerdo de las únicas habilidades adquiridas fuera de la prisión: el arte de robar.


Tras su muerte escuché voces que decían: "Fue carne de cañón". Sentí rabia e impotencia porque quienes así opinan lo hacen desde el desconocimiento, desde la ignorancia, desde una postura crítica con la conducta de los demás y tolerante con su propia mediocridad

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15 Dic 2007 

El vaquilla (IN MEMORIAM)

JUAN JOSE MORENO CUENCA:
IN MEMORIAM

POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)

" Recuerdo que una vez juré que mientras me quedara un soplo de aliento seguiría luchando, y lo voy a cumplir"
J.J. MORENO CUENCA.

Murió sin pena ni gloria. La muerte lo abrazó sin ruido, sin estruendo. Aquel niño nacido en el barrio de Vallbona (Barcelona) no fue elegido para vivir dignamente sino para luchar agriamente.
De chico, en vez de jugar, fue instruido en el oficio de "buscarse la vida". Su familia pertenecía al gremio y su tío, con el que pasó a vivir al ser separado de su madre, lo adiestró en el arte de vigilar, "dar el agua", mientras se apropiaba de lo ajeno.
Asistió a la escuela en alguna ocasión, pero las aulas no parecían de su agrado y sus inadaptadas conductas propiciaron su expulsión. Más adelante buscaría afanosamente en los libros lo que la existencia le negó.
A los nueve años ingresó por vez primera en un reformatorio, cárcel de menores, donde comprobó que aquellos que hablaban en nombre de Dios molían a palos a los niños y hasta realizaban prácticas homosexuales con ellos. A fin de cuentas eran las víctimas que nadie iba a defender, sus familias, si es que las tenían, estaban ocupadas en otros menesteres más mundanos y no precisamente en conocer lo que estaba ocurriendo a sus niños.
Juan José decidió que aquello no era para él y un buen día escapó de aquel infierno incapaz de reformar nada.
A los 17 años comenzaron los robos en serio, atracos a bancos. La suerte estaba echada.
Sus primeros seis años de prisión se fueron realimentando constantemente dando lugar a toda una vida de condena. Entre reformatorios, robos, drogas y rejas se le fue la vida.
Fátima Molina, su abogada, le aconsejó estudiar y escribir sus memorias; sin duda dos objetivos trascendentales para soportar la prisión y los abusos que con él se cometieron. Las autolesiones, las huelgas de hambre y los motines en la cárcel, para reivindicar un trato digno, fueron conductas frecuentes protagonizadas por Juan José. De nada o de poco sirvieron, si acaso para incrementar los años de condena y para justificar los duros castigos que se le aplicaron.
Vivió, también, su momento de gloria, un momento que, quizá, no supo aprovechar. En la década de los ochenta su biografía de infancia y adolescencia vio la luz y rodó una película bajo la dirección de Juan Antonio de La Loma.
En el año 1.994, tras doce años en las entrañas del infierno, la puerta de la prisión se abrió para que Juan José pudiera disfrutar de tres días de libertad. El sueño, tantas veces acariciado, apenas susurrado, se hizo realidad.
Los permisos se sucedieron, pero el hombre largamente encadenado no supo liberarse de sus demonios y su mente rescató de las ventanas de la memoria el recuerdo de las únicas habilidades adquiridas fuera de la prisión: el arte de robar.
Así fue como el sueño se desvaneció y la posibilidad de nuevos permisos quedó truncada.
Tras su muerte escuché voces que decían: "Fue carne de cañón". Sentí rabia e impotencia porque quienes así opinan lo hacen desde el desconocimiento, desde la ignorancia, desde una postura crítica con la conducta de los demás y tolerante con su propia mediocridad.
Otras son las cuestiones que me interesan: ¿Por qué a un violador se le aísla, en prisión, para que otros internos no tomen la justicia por su mano y a Juan José Moreno le introducían en la celda internos que le despreciaban para que dieran rienda suelta a su odio?, ¿dónde están los defensores de los derechos humanos cuando ocurren estas cosas?, ¿asistió J. A. de la Loma a ofrecerle el último adiós?
"Hasta la Libertad" está en mi estantería, me ha enriquecido como profesional y como persona. A través de sus páginas he tenido ocasión de experimentar mil y un sentimientos y de extraer múltiples enseñanzas de quien busca en los grandes autores la respuesta a grandes y pequeñas dificultades.
El discurrir del tiempo y la muerte han puesto punto final a la leyenda de "El Vaquilla", pero a través de su pensamiento he aprendido un sinfín de cosas.

Admin · 509 vistas · 3 comentarios
15 Dic 2007 

El ultimo perro callejero (el vaquilla)

El último perro callejero

M.J. Yoprei. "Tú eres El Vaquilla, alegre bandolero, y de lo que ganas repartes el dinero. Por que te juegas la vida con el hierro, si al final dependes de un simple carcelero". Los Chichos.

Juan José Moreno Cuenca nació en el barrio de La Mina, cuando en la orilla barcelonesa del río Besós los chavales arramblaban con bolsos, carteras, coches y lo que se pusiera por delante, montados en un caballo del que la mayoría no se apearía nunca. El que más adelante se haría famoso como El Vaquilla, echó los dientes pilotando los SEAT 124 y 1430, que por aquella época era, mediados de los setenta, eran los "bugas" favoritos de cualquier chorizo que se preciase. A los 14 años pisó por primera vez la cárcel, un establecimiento en el que se pasaría 28 de sus 42 años de vida.
El Vaquilla se murió el 19 de diciembre, cuando la faltaban cuatro días para concluir su condena. Se lo llevó una cirrosis hepática, o sea, las consecuencias de su enganche a la heroína. Nunca fue acusado de delitos de sangre pero pasó entre rejas más tiempo que muchos asesinos confesos. Reincidente profesional, protagonizó múltiples motines y fugas. Su momento de gloria le llegó durante un motín en la Modelo en 1984, cuando toda España pudo escucharle en directo desde la cárcel, donde retenía cuatro funcionarios de la cárcel Modelo a punta de cuchillo. Sus más que fundadas quejas sobre la situación de la prisión le granjearon las simpatías del lumpen y de buena parte de los ciudadanos de aquella España que respiraba ansias de libertad en la recta final de la transición política.
A partir de ahí se convirtió en una víctima de su propio personaje. Carne de "maco", yonqui irredento y rebelde militante contra el sistema penitenciario hasta el último día, su vida inspiró la saga de películas Perros Callejeros (1977-1979). En 1985, José Antonio de la Loma le convierte en protagonista de su propia película "Yo el Vaquilla". Desde entonces sus fugas frustradas más tarde que temprano, sus enloquecidas persecuciones policiales y su esporádicas pero espectaculares apariciones en los medios de comunicación, lo convirtieron en una reencarnación del viejo espíritu del bandolerismo, en un Tempranillo urbano, en el último de los delincuentes con código.
Murió al tiempo que la piqueta del Forum 2004 demolía la mayor parte de la zona que le vio nacer y donde comenzó la carrera de tropiezos en que se convirtió su vida. Una vida que el mismo recogió hace sólo un par de años en una espectacular biografía escrita, inevitablemente, en prisión y clarificadoramente titulada "Hasta la libertad". El principio de la canción que le dedicaron Los Chichos, podría haber servido muy bien para su epitafio: "Él nació por amor un día, libre como el viento".
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15 Dic 2007 

Muere un hermanastro de el Vaquilla


El hermanastro de 'el Vaquilla' muere al intentar huir del hospital Provincial


Julián Ugal Cuenca se había fugado con éxito en cuatro ocasiones anteriores




JAVIER VALENZUELA, - Madrid - 14/01/1986






Julián Ugal Cuenca, de 33 años, hermanastro de el Vaquilla, murió en la madrugada de ayer al intentar huir de una habitación de la sexta planta del hospital Provincial de Madrid, donde estaba internado bajo custodia policial. Julián intentó descolgarse por una ventana con una cuerda, y por causas desconocidas cayó al suelo y se mató. El fallecido delincuente odiaba las cárceles, en las que pasó gran parte de su vida y contra las que luchó en el seno de la extinta Coordinadora de Presos en Lucha (Copel). En cuatro ocasiones se había fugado con éxito de lugares de reclusión forzosa.  









La quinta fuga de Julián Ugal fue la definitiva y se produjo hacia las 3.30 horas de la madrugada de ayer. A esa hora los dos policías nacionales apostados en la puerta de la habitación 6.122 del Hospital Provincial de Madrid escucharon gritos de espanto. Los agentes irrumpieron en el cuarto y vieron que uno de los dos reclusos allí ingresados era el que chillaba. El otro había desaparecido, aunque no era difícil seguir su pista: la ventana estaba abierta de par en par, y atada a una pata de la cama había una cuerda de nailon que colgaba a lo largo de la fachada.Los policías vieron un cuerpo tendido en el pavimento. Era el de Julián Ugal Cuenca, que años atrás, en una celda de la cárcel Modelo de Barcelona, había proclamado: "No pienso morirme aquí, pienso salir a la calle caiga quien caiga".



La cuerda, de unos 16 metros de largo, estaba intacta, así que no se sabe por qué Julián se precipitó al vacío. Tal vez resbaló o tal vez a causa de su lesión del corazón sufrió un desvanecimiento. Julián era un enfermo cardiaco. El pasado 9 de octubre había sido ingresado por esa razón en el Hospital Penitenciario de Carabanchel, procedente de la prisión zaragozana de Daroca, donde cumplía condena de 30 años por homicidio. Pero según el Ministerio de Justicia se negaba a hacerse ningún tipo de prueba médica. Él mismo dijo que después de Navidad no opondría resistencia a las exploraciones. El 9 de enero fue trasladado al Hospital Provincial para hacerle un cateterismo.



Julián tenía una biografía semejante a la de su hermanastro Juan José Moreno Cuenca, el Vaquilla. De pequeño formó parte de una pandilla dedicada a pillerías múltiples en los barrios barceloneses de la Mina y Poble Nou. Fue detenido por primera vez a los 19 años, acusado de siete atracos a cajas de ahorro.Su nombre también fue unido al de su hermanastro por la destacada participación de ambos en las primeras protestas de reclusos de la Modelo barcelonesa y en la formación y desarrollo de la Copel. Julián hizo huelgas de hambre, se abrió las venas y en una ocasión, cuando alguien le recriminó una supuesta cobardía, se seccionó el pene.



También empezó a ganarse fama de fuguista. El escenario de su primera evasión fue el Hospital Clínico de Barcelona en una fecha que ninguna fuente supo ayer precisar. En junio de 1978 huyó de la cárcel Modelo a través de las alcantarillas. Ese verano mató por la espalda a un hombre, y cuando la policía le detuvo y le preguntó por aquel homicidio, contestó: "No supo respetar a mi mujer mientras yo estaba detenido".



Su tercera evasión se produjo en enero de 1979, en Sevilla, al ser conducido en un furgón de la Guardia Civil al penal del Puerto de Santa María. Julián abrió un agujero en el suelo del vehículo y se escapó con otros tres presos. Poco después fue detenido en Terrassa, tras un tiroteo con la Guardia Civil.



Una vez más regresó a la Modelo, pero en mayo de 1982, cuando el furgón que lo llevaba al Puerto de Santa María entraba en esa localidad, Julián repitió el truco del agujero en el suelo y desapareció. Se trasladó a Perpiñán, donde contactó con delincuentes húngaros y donde fue herido de bala a comienzos de 1983, en un enfrentamiento con una banda rival. Detenido por la policía francesa, ingresó en un hospital penitenciario de Burdeos. Luego vino la extradición a España y no volvió a saberse nada de Julián Ugal Cuenca hasta ayer, día de su muerte.






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15 Dic 2007 

Un año despues de la muerte del vaquilla

Un año de la muerte del" Vaquilla"  
16 des 2004 12:17:30
Recordando...
El Vaquilla', aceptó en abril de 2000 su enésima y última condena por trece delitos que cometió durante los cinco días que permaneció fugado en julio de 1999. Con 42 años, murió el 19 de diciembre de 2003 víctima de una cirrosis en el hospital Penitenciario de Badalona.

Nacido el 19 de noviembre de 1961 en Barcelona, Moreno Cuenca, de etnia gitana, era hijo de Rosa Cuenca, habitual de las prisiones de mujeres (murió en una de ellas) y de un cantaor con el que su madre tuvo un encuentro furtivo, según cuentan las biografías ...

Su padrastro, que le dió el apellido, falleció a consecuencia de un ataque al corazón cuando huía de la policía después de haber robado en una fábrica.

La actividad" delictiva "de Moreno Cuenca comenzó en el popular barrio de La Mina cuando contaba once años. A principios de los setenta ya robaba coches que conducía sentado sobre un cojín porque no llegaba a los pedales.
Pasó de reformatorio en reformatorio fugándose de todos ellos hasta que con 16 años ingresó por primera vez en La Modelo de Barcelona.

Adicto a la heroína, tardaba poco en volver a delinquir durante los breves espacios de tiempo que no pasaba en prisión. En abril de 1984 protagonizó un espectacular motín en La Modelo.

Una de sus fugas con persecución incluida y captura acabó recogida por las cámaras de la televisión autonómica catalana. 'El Vaquilla' era esposado en el suelo herido de bala. Mucho después, en 1999, tras su última fuga al acudir a la autoescuela con un permiso, llegó a cometer trece "delitos" en los cinco días que estuvo libre.

'Perro callejero'

La "mala" fama de El Vaquilla se extendió cuando el cineasta José Antonio de la Loma se fijó en él para dar argumento a 'Perros Callejeros'. Incapaz de interpretarse a sí mismo frente a las cámaras fue su "compañero' Angel Fernández Franco, 'El Trompetilla', quien interpretó a 'El Torete', nombre con el que De la Loma decidió llamar al personaje que recreaba la vida de Moreno Cuenca.

'Yo, El Vaquilla' o 'Los últimos golpes de El Torete' fueron filmadas como secuelas de aquella.

La impronta cinematográfica de El Vaquilla se trasladó a la música, cuando grupos de la rumba madrileña de los ochenta le hicieron protagonista de sus composiciones. Los Chichos le describieron como una suerte de Robin Hood que repartía a los pobres el dinero que robaba en una de sus canciones, mientras que Los Chunguitos le dedicaron una de sus más famosas composiciones, 'Perros Callejeros'.

Sus tres hermanos murieron trágicamente. Antonio en un tiroteo con la guardia urbana de Girona tras atracar una joyería; Julián al intentar escapar por la ventana del hospital donde era custodiado; y Miguel, el preferido de Juan José, al estrellarse el coche que conducía escapando de la policía.

Las andanzas de Moreno Cuenca fueron recogidas en 'El Vaquilla. Hasta la libertad' (Ediciones B) donde se plasman 20 años de memorias carcelarias, en un relato que repasaba su vida entre rejas y denunciaba el sistema penitenciario.

En los meses anteriores a su última fuga, 'El Vaquilla' asistía acursillos de informática para que los servicios sociales de la Diputación de Barcelona le encontraran un trabajo. La Dirección General de Servicios Penitenciarios y Rehabilitación de la Generalitat no lo habían conseguido y "derivaron el caso" a la Diputación. Su libertad estaba fijada para el 3 de febrero de 2007.
Admin · 411 vistas · 2 comentarios
15 Dic 2007 

Vaquilla incendiba celdas

'El Vaquilla', absuelto de la acusación de incendiar una celda en la cárcel Modelo



BLANCA CIA - Barcelona - 12/03/1986



La Sección Segunda de lo Penal ha de la Audiencia de Barcelona ha absuelto a Juan Moreno Cuenca, el Vaquilla, del delito de incendio por el que fue juzgado el viernes pasado. El tribunal ha entendido que los hechos imputados al aciasado no son constitutivos del citado delito porque no ha quedado probada su autoría. El ministerio fiscal solicitó en sus conclusiones la pena de 16 años de prisión, al estimar que Juan Moreno Cuenca prendió fuego deliberadamente a la celda de la enfermería de la Modelo para evitar ser cacheado por los funcionarios.El tribunal ha dictado sentencia absolutoria al enterider que el hecho de que Juan Moreno Cuenca fuese la única persona que se hallaba en la celda siniestrada no era razón suficiente para imputarle el incendio. La sentencia añade además que tal acción hubiese supuesto un riesgo para su propia vida. En la vista oral declararon vanos funcionarios y uno de ellos afirmó que había visto que el Vaquilla tenía un encendedor y una caja de cerillas. Sin embargo, Juan Moreno Cuenca manifestó en el juicio que este funcionario mantenía esos argumentos porque le había denunciado por rnalos tratos. El dictamen señala que ante la inexistencia de un dictamen pericial sobre las causas del fulego, el tribunal no dispone de "suficientes datos y elementos de juicio para dictar condena penal".







La absolución de Juan Moreno Cuenca se ha dictado, mediante la aplicación del principio de presunción de inocencia, arriparado en el artículo 24 de la Constitución. La defensa ha considerado muy significativa la sentencia dictada por esta sala de la Audiencia porque es la primera vez que Juan Moreno Cuenca es absuelto de las acusaciones imputadas.



El Vaquilla fue condenado el año pasado a 14 años de prisión por su participación en el motín producido en la cárcel Modelo de Barcelona en abril de 1984. Moreno Cuenca tiene aún pendientes dos causas distintas, la fuga de la cárcel de Lérida 2 y un motín en la prisión de Ciudad Real. Por la fuga que protagonizó junto con otros reclusos de la prisióri de Lérida 2, en diciembre de 1984, volverá a ser juzgado, en breve plazo, en la Audiencia de esa ciudad.





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15 Dic 2007 

Ultima de las fugas del vaquilla

BARCELONA / SU ULTIMA HUIDA FUE EN 1994

«El Vaquilla» se fuga de la cárcel durante una clase de conducir

Un sindicato denuncia que Moreno Cuenca disfrutaba de privilegios especiales

ENRIQUE FIGUEREDO

BARCELONA.- Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla, ha vuelto a fugarse de prisión cuando la libertad estaba de nuevo a su alcance. Febrero del 2001 era la fecha para salir definitivamente de la cárcel. Su huida se produjo el jueves pasado, pero no fue hasta ayer cuando el Departamento de Justicia de la Generalitat dio a conocer la noticia.

El que fuera el delincuente juvenil más famoso de la década de los 70, inspirador de películas y modelo para ladronzuelos de barrio, es otra vez un hombre perseguido. Su última fuga pone en entredicho el sistema de rehabilitación diseñado por la Generalitat, que ha tenido en Moreno Cuenca a uno de sus modelos.

El Vaquilla aprovechó esta vez un permiso del que venía gozando para asistir a las clases para la obtención del carné de conducir. La falta de este documento no le impidió nunca utilizar automóviles cuando era todavía un niño y apenas llegaba a los pedales. Los coches formaban parte de su mundo.

La tarde del pasado 22 de julio no regresó a la cárcel de Quatre Camins donde cumplía su condena. Moreno Cuenca había sido clasificado como interno de segundo grado desde el mes de mayo del pasado año, lo que le daba opción a gozar de permisos ordinarios y extraordinarios. Estaba ingresado en el Departamento de Atención Especializada, una unidad con únicamente 35 plazas para presos toxicómanos.

El Departamento de Justicia aseguró ayer que durante el tiempo en que Juan José Moreno Cuenca había seguido esta asistencia especial «había hecho una muy buena evolución e iba consiguiendo los diversos objetivos previstos en su programa».

En una nota oficial, Justicia pone como ejemplo de esta aparente rehabilitación que El Vaquilla obtuvo el primer permiso de tres días en diciembre de 1998, concedido por el juez de vigilancia penitenciaria, y que «cumplió con toda corrección».

Sin embargo, fuentes penitenciarias señalaron ayer a EL MUNDO que Moreno Cuenca estaba saliendo de la cárcel a diario desde hacía mucho tiempo, y lo hacía gracias a permisos especiales que la Dirección General de Servicios Penitenciarios de la Generalitat puede otorgar discrecionalmente, al amparo del Reglamento Penitenciario.

Según estas fuentes, El Vaquilla salía sobre las 8.00 horas del centro y tenía fijada la hora de regreso a la penitenciaria a las 19.00 horas. Al menos en 10 ocasiones, los funcionarios debieron dar parte de él por diversos retrasos a la hora de entrada. «Tales partes, que eran remitidos a la Junta de Tratamiento, jamás provocaron medidas disciplinarias de ningún tipo», apuntaron estas fuentes.

El sindicato Catac-Prisiones denunció ayer la situación de privilegio de que gozaría el hombre que a los 13 años ya dirigía su propia banda desde su barrio natal de Torre Baró en Barcelona. «Son favores discriminatorios con respecto al resto de internos. Nos gustaría que a los 6.000 presos de Cataluña se les dieran las mismas oportunidades que a Moreno Cuenca», señalan fuentes de Catac.

La vida de El Vaquilla no ha sido siempre como la que ahora gozaba. En el pasado había liderado protestas en el interior de los centros y había protagonizado otras fugas. La más reciente se remonta a octubre de 1994, cuando huyó de un tren en el que era trasladado desde Barcelona a la prisión de Figueres. En aquella ocasión, Moreno Cuenca se entregó 22 horas después de su marcha.

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15 Dic 2007 

El vaquilla su biografia

El 3 de noviembre de 1994, Antonio Ugal Cuenca, hermano del Vaquilla y más conocido como Tonet, se tropezó con una vecina de su barrio de La Mina, en Sant Adrià del Besós, Barcelona.

Se acababa de cortar el pelo, y como a la vecina le pareció que le habían dejado muy feo y tenía la suficiente confianza con él, se lo dijo. "No te preocupes, que ya me pondré guapo", respondió Tonet. Y, casi a renglón seguido, añadió: "Me tengo vista una joyería que alucinas, ¿quieres venirte?".




PRIMERAS DETENCIONES fue arrestado con 12 años, en enero de 1975, junto al "trompetilla", por hurto de turismos e intento de atropello de varios agentes. A los 14 años fue nuevamente detenido por robar coches, bolsos y desobedecer a la autoridad armada. Por entonces medÍa 1,60 metros, pesaba 46 kilos y llevaba tres tatuajes: un sable y las inscripciones "amor de madre" y "en mis tiempos era el rey del volante el vaquilla".

La vecina, carterista veterana pero poco amiga de meterse en atracos, declinó la invitación. Tonet no llegó a ver ponerse el sol aquel día, pues, pocas horas después, cayó abatido por la Guardia Urbana de Girona. Según se cuenta, desoyó el alto de los agentes y hubo una persecución y un tiroteo: Tonet llevaba una escopeta. En La Mina prefieren otra versión: "Los de la Guardia Urbana lo barrieron como a un conejo. Tienen el gatillo la hostia de rápido, más que la madera o los picos".

Éste no es más que un episodio, seleccionado al azar, de la otra historia de Juan José Moreno Cuenca, bautizado El Vaquilla por lo inquieto que era de niño. Una historia que apenas se ha contado, pese al nada desdeñable espacio que a este hombre le han dedicado los medios de comunicación en las últimas tres décadas. Lo que todos conocemos de Juan José Moreno Cuenca es su leyenda: la historia de ese niño nacido en la periferia deprimida de Barcelona que, con once años, robaba coches y los conducía sentado en un cojín para alcanzar a ver por el parabrisas. El niño delincuente que con 12 años ya había birlado a un vigilante su primera pistola y asolaba la Costa Brava practicando con las turistas la peligrosa técnica del tirón desde coche en marcha (tan peligrosa que, en una ocasión, le costó la vida, accidentalmente, a una de sus víctimas). El niño presidiario que a los 13 años ya se había escapado de todos los reformatorios de España.

Ésta es la primera parte de su leyenda, en gran medida difundida gracias a la oportuna (u oportunista) versión cinematográfica que hiciera de ella, en su día, José Antonio de la Loma. La segunda parte se refiere a su larga vida de recluso conflictivo, repleta de motines, quebrantamientos de condena y constantes reingresos en prisión. Para muchos, Juan José Moreno Cuenca, o mejor dicho El Vaquilla, su desdichado personaje, no es más que ese delincuente crónico condenado a regresar siempre al talego, sin redención posible.





EN DIRECTO En diciembre de 1984 la cadena de televisión tv3 filmó una de sus persecuciones. A la izquierda aparece junto con sus compañeros de robo nada más ser detenidos por la policía. Y a la derecha, el vaquilla, que resultó herido de un disparo.
Pero, detrás del mito y de sus simplificaciones hay una historia mucho más ambigua, con alguna paradoja, con su inevitable revoltijo de frustraciones y esperanzas, y con su pizca de tragedia. La historia que no protagoniza ningún personaje legendario, sino ese hombre que hoy tiene 39 años, Juan José Moreno Cuenca, y también algunos otros. Uno de ellos, precisamente, aquel Tonet muerto a tiros un mal día de noviembre de 1994, hermano por parte de madre de Juan José y, como él y como tantos otros de La Mina, entregado, por las circunstancias o por lo que fuere, a un modo de vida que raramente permite a quienes lo ejercen pasar de los 40. Ésta es la historia de esa gente, de lo que fue de ellos y de lo que queda, a éste y al otro lado de las rejas de la prisión.

Antes de dar a luz a Juan José, fruto, según cuenta él mismo, de una breve relación con un cantaor que la sedujo en una boda, Rosa Cuenca había tenido de otro hombre, Miguel Ugal, otros cuatro hijos: Julián, Isabel, Antonio y Miguel Ugal Cuenca. Estando todavía embarazada, Rosa conoció a Antonio Moreno, quien, sin ser el padre, aceptó darle sus apellidos al pequeño Juan José. Con Antonio tuvo Rosa otras tres chicas: Carmen, Antonia y Gloria Moreno Cuenca. Actualmente, según se dice, vive en Girona con otro compañero del que aún ha tenido algún hijo más.

Pero los únicos hermanos con los que Juan José compartió algo fueron los mayores, los Ugal Cuenca. Fue la suya una convivencia bajo circunstancias nada comunes, discontinua y en la frecuente ausencia de la madre, que tan pronto estaba presa como separada de sus hijos por otras razones. Así las cosas, Juan José y sus hermanos se criaron con familiares varios y no siempre acogedores, cuando no anduvieron a su suerte. Lo único parecido a un padre que Juan José tuvo alguna vez fue su padrastro Antonio Moreno que, cuando él contaba muy pocos años, murió de un ataque al corazón tras robar en una fábrica y sufrir una persecución policial. Los psiquiatras han señalado la alta frecuencia con que los jóvenes violentos carecen de la figura paterna o tienen un progenitor pasivo ("el hombre que se sienta en el sofá y no habla nunca"). Según ellos, el padre es crucial como factor equilibrador y estabilizador para el individuo, y su falta puede tener efectos aún más devastadores que la de la madre.

Ni Juan José ni sus hermanos dispusieron de mucho amparo paterno. Debieron aprender a valerse por sí mismos, siguiendo el ejemplo de sus vecinos de los barrios marginales en los que se desarrolló su infancia: los desaparecidos Torrebaró y Camp de la Bota (el Campiri), y el barrio de La Mina, aún existente gracias a un torpísimo ensayo perpetrado a mediados de los 70 para acabar con algunos núcleos chabolistas barceloneses, a los que sustituyó por guetos cuya sola visión, todavía hoy, encoge el alma. Así iniciaron Juan José y sus hermanos sus andanzas, desde los primeros golpes, casi inocentes, hasta los delitos más peligrosos. Cuenta Juan José que lo primero que robó fueron unos lápices de colores en el colegio -al que apenas asistió un par de años- para venderlos y pagarse unas partidas de futbolín. Desde ahí progresó rápidamente a los hurtos de coches, los tirones y los robos a mano armada. Al final de sus días, el hermano Antonio, Tonet, estaba catalogado por la policía, al igual que la Chelo, su compañera, como un hábil atracador de bancos. Y el hermano mayor, Julián, que cargaba algún homicidio a sus espaldas, como un delincuente singularmente peligroso. Las razones por las que todos ellos, niños desvalidos de Torrebaró, llegaron al delito dependen de quién las explique.

Si hemos de guiarnos por el testimonio de un veterano policía que los conoció a todos y los detuvo en más de una ocasión, en los primeros tiempos robaban para fardar: "Veían un coche guapo, a alguien con un polo Lacoste, y querían conducir el uno o ponerse el otro. Pero no tenían dinero. Así que lo robaban". Después, al meterse por medio la droga -en la que todos, incluido Juan José, acabaron cayendo-, robaban para pagarse la dosis y quitarse el mono de encima. "Pero lo otro seguía estando ahí", puntualiza el policía. Sin embargo, si escuchamos al propio Juan José, la versión es ligeramente distinta: "Robábamos porque no teníamos nada. Robábamos para comer, para tener lo básico". Siempre cabe discutir sobre qué es lo básico, claro. Pero dudosamente está ahí el quid del asunto.



Un delincuente de 11 años. Ante aquella partida de niños y después muchachos, tan activos como temerarios, la sociedad hubo de reaccionar. La sociedad era la española de finales del franquismo y de la transición, y su reacción no fue excesivamente imaginativa. Desde los once años, ateniéndonos a su propio relato, Juan José se acostumbró a las persecuciones policiales a tiro limpio, a los "hábiles interrogatorios" en comisarías y cuartelillos y a entrar y salir de los reformatorios de la época, muchos regentados por religiosos, donde se recurría a la tortura para tratar de amansar a aquellos chavales incorregibles. Su relación con las fuerzas del orden no podía ser de mayor hostilidad. "Especialmente con la Guardia Civil", recuerda hoy Juan José, "y no sólo porque nos perseguían a tiros por las carreteras cuando apenas éramos unos críos, sino también porque, ya de chicos, los habíamos conocido, cuando íbamos por ahí en plan nómada y ellos venían, les metían fuego a las chabolas y pegaban y les cortaban el pelo a las mujeres. Eso es lo que recuerdo de mi infancia, a un guardia civil pegándole a mi madre".
Tal vez la versión del protagonista contenga algún exceso narrativo, pero quienes conocieron y recuerdan aquellos tiempos pueden admitir sin esfuerzo una buena parte de verdad. De lo que no cabe ninguna duda es de que a los 13 años, Juan José Moreno Cuenca, un niño pese a todo, ingresaba en la cárcel Modelo de Barcelona, de donde no podría escapar tan fácilmente como de los correccionales juveniles. Alguien que aterrizó entonces en aquella prisión por motivos políticos lo recuerda así: "Llegué a la cárcel y me encontré en la galería a un niño. Me quedé estupefacto. Pregunté qué hacía allí y me dijeron que se escapaba de todos los reformatorios. Les dije que era ilegal, incluso llegamos a hacer una petición formal para que lo sacaran".





JUICIOS Por el motín de la cárcel modelo de barcelona de 1984 (izquierda) y por la fuga de la prisión de cuatro caminos (1999) y los 13 delitos que cometió en los cinco días que estuvo fugado (derecha).
En la biblioteca de la Modelo, Juan José pedía tebeos. Entre las páginas, el bibliotecario le pasaba un pitillo aplastado. También le recomendó un libro, Vida y muerte de Durruti. El niño lo leyó. Todavía hoy recuerda aquella lectura: "Empecé sin muchas ganas, la verdad. Luego vi que era de un tío que se pasaba la vida perseguido por la policía, escapándose de cárceles. Y me enganchó". El niño salió de prisión con la amnistía posterior a la muerte de Franco. No le sirvió de mucho. Con 16 años (esta vez legalmente porque acababa de alcanzar la mayoría de edad penal) ya tenía una condena que le devolvía a las rejas.

Eran también los días de aquella famosa película, Perros callejeros, que lanzó a una suerte de estrellato al Vaquilla, pero que, como luego se demostraría, no iba a ayudar en absoluto a Juan José Moreno Cuenca. Lo que a él le tocó fue unirse a sus hermanos, todos ellos presidiarios, e iniciar el mismo camino que ellos llevaban ya un tiempo transitando con mayor o menor intensidad.

El camino de la cárcel, de las breves temporadas de libertad y de la cárcel otra vez. En ese recorrido infernal, Juan José, como todos sus hermanos, perdió la relación con su madre, aunque no le pide cuentas por ello. "La pobre mujer", dice, "no podía ir a visitarnos a todos, cada uno en una cárcel, y así nos fuimos distanciando poco a poco".

Alguien de La Mina relata así los episodios de libertad de que disfrutaba la gente como Juan José y sus hermanos: "Salían, venían al barrio, pasaban tres o cuatro días en la casa de alguien, paseando por la calle, sin hacer nada. Pero, dígame usted, adónde podían ir. Nadie quiere a esos chavales cuando salen de la cárcel, y a ellos nadie les ha enseñado a hacer nada de provecho. Entonces echaban de menos la droga o les daba por una chavala, y enseguida estaban robando un coche y dando palos otra vez".

Desde entonces, durante casi tres décadas, ésa ha sido la vida de Juan José Moreno Cuenca: cárcel y más cárcel, con pequeños intervalos de permisos penitenciarios o libertad condicional, que nunca le han valido para otra cosa que volver a delinquir. En ese tiempo, su relativa notoriedad pública, nacida en primera instancia de la popularidad que le trajera el cine, le ha deparado de todo: fases de un cierto encarnizamiento institucional, según señalan algunas personas próximas -quienes mantienen que la fama le ha servido, principalmente, para atraerse enemigos- y fases de cierta relajación y hasta de privilegio, apuntan en fuentes penitenciarias. Según éstas, con Juan José se han tenido miramientos que no se han dado con nadie. Se ha forzado la ley para darle permisos y ventajas, se le han ofrecido oportunidades reales de reinserción e incluso en ciertos momentos ha sido el niño mimado de la administración penitenciaria catalana: una especie de experimento innovador, emblemático y a la postre fallido. "El problema es que El Vaquilla no tiene remedio porque no es de fiar", dicen. "Hay gente con delitos más graves, asesinos y violadores, con los que puedes tratar porque cumplen lo pactado. Éste te la pega siempre".

La actual abogada de Juan José rechaza tajantemente ese supuesto trato de favor: "Lo único que han hecho con él ha sido concederle de vez en cuando un permiso, algo a lo que la ley le daba derecho de sobra, ya que este hombre se ha pasado toda la vida en prisión. Lo cierto es que, desde que tenía 16 años, Juan José Moreno Cuenca no ha vivido un solo segundo sin la sombra de la cárcel planeando sobre su cabeza. Nunca ha sido verdaderamente libre. Nunca ha tenido una oportunidad real".

Con todo, entre la gente de La Mina, entre los de su generación y los de su familia, Juan José puede considerarse paradójicamente afortunado. Volviendo a la historia colectiva, de la que este hombre no deja de ser uno de tantos ejemplos, anotemos lo que ha sido al cabo de los años de los demás. Empecemos por Julián, el hermano mayor, con el que menos trato tuvo Juan José y el más temible a juicio de la policía. Según cuenta José Sáinz Vila, durante mucho tiempo abogado de Juan José y de sus hermanos Antonio y Miguel Ugal Cuenca, el propio Tonet le prohibió que defendiera a Julián "porque era una mala persona". Pues bien, por temible o malo que fuera, ya nadie tiene que cuidarse de Julián Ugal Cuenca. Murió al caer a la calle desde una ventana del hospital Francisco Franco, mientras intentaba huir de la habitación en la que estaba custodiado junto a otro preso.



El resto de la banda. Tampoco hay ya nada que temer de Antonio Ugal Cuenca, Tonet, aunque en sus mejores tiempos, junto a la Chelo, su compañera, fuera una pesadilla para la policía. Queda dicho al principio cuál fue el desenlace de su carrera de atracador, pero podemos añadir algo acerca de la propia Chelo, "una chica en su época muy maja", según uno de los policías que entonces la perseguían. No ha muerto aún, aunque a finales de julio de 2000, según diversos testimonios, se encontraba internada en el hospital de Can Ruti, en fase terminal.
El tercero de ellos era Miguel, alias El Carica, el playboy de La Mina y el favorito de Juan José, con el que inició sus correrías por la Costa Brava y los primeros escarceos con chicas. Según la policía, era el menos activo de los hermanos, el que menos arriesgaba. Después de uno de sus golpes se enredó en una persecución con una patrulla de la Guardia Urbana de Barcelona. Mientras trataba de zafarse de sus perseguidores, se estrelló con el coche y se mató. "Todavía le echo de menos", dice Juan José, y los ojos, por lo general vivos e inquisitivos, se le pierden a lo lejos. "El tío se las ligaba a todas, incluso a las de la película", recuerda, con sentida nostalgia.

La última superviviente de los Ugal Cuenca era Isabel. Tenía seis años más que Juan José y, según él mismo refiere, actuó siempre como una madre. Ella era la que iba a comisaría a recoger a los hermanos cuando los detenían siendo unos críos. Ella era la que los regañaba cuando los veía con la droga. "Pobre Isabel", dice hoy Juan José, "tanto meterse con nosotros por la droga, y al final también acabó enganchada".

Isabel murió no hace mucho, según algunos de cirrosis; según otros de sobredosis. En cualquier caso, como consecuencia de su drogadicción. Su historia resulta especialmente descorazonadora. Estaba casada con Antonio Román Heredia, alias El Pote, un antiguo colega de Juan José que salió de la cárcel tras una larga condena, ya muerta su mujer, y que al poco tiempo se mató en un accidente de tráfico. Juntos, Isabel y él tuvieron cuatro hijos. Las autoridades les retiraron la custodia de los dos menores, que dieron en adopción y viven en algún lugar, con unos nuevos padres. La versión que dan en La Mina es ésta: "Se los quitaron y los vendieron a unos ricos por un montón de billetes". Los otros dos hijos, Antonio, alias El Coco, y Amalio Román Ugal, que andan por los veintitantos, ya están en prisión y tienen a las espaldas su propio historial delictivo. La misma canción que una y otra vez se ha escuchado en La Mina, entonada por una nueva generación. Las hermanas Moreno Cuenca -Carmen, Antonia y Gloria- han escapado por ahora a la maldición. "A ellas les cuidó la abuela y, por fortuna, han recibido una educación diferente", apunta Juan José. Y asegura que sus hermanas nunca han tenido problemas con la policía.

Si nos fijamos en los antiguos compañeros de fatigas de Juan José, el panorama no es más alentador. Aparte del Pote, uno de sus amigos más asiduos era Ángel Fernández Franco, El Trompetilla (o El Torete, desde que hizo en Perros callejeros el papel que estaba reservado al Vaquilla y que éste, preso, no pudo interpretar). El propio Juan José asegura que El Torete no era muy lanzado y siempre se quedaba algo atrás. Andado el tiempo dejó los atracos y se pasó al trapicheo de drogas. Murió por sobredosis.



Compañeros muertos. Otro consorte de entonces, el Pacorro, quedó por el camino mucho antes: murió a balazos en una persecución de la Guardia Civil, con unos 12 o 13 años. "Todavía me acuerdo de la cara de los guardias cuando sacaron del coche al niño cubierto de sangre", evoca Juan José con una frialdad resignada. Y recuerda algo que entonces le advertía su madre, cuando empezaba a robar coches: "Cuidado con la policía, hijo, que dispara sin preguntar la edad". "De los de aquella época, son muy pocos los que quedan", concluye El Vaquilla con una sonrisa amarga.
El aspecto que ofrece hoy Juan José Moreno Cuenca es, en efecto, el de un superviviente. Atrás queda aquel chaval alocado e impulsivo que adoraba los Citroën Tiburón, los FU-1600 y los FU-1800, las versiones más potentes del venerable Seat 124. Un chaval para quien los Chichos eran los máximos ídolos musicales y Ornella Mutti la mujer más maravillosa. La Mutti le sigue gustando: "Esa tía no cambia", observa divertido, "un día la vi en una foto con su hija, y la hija parecía mucho más vieja". Algo similar le pasa al propio Juan José. Aunque está al borde de la cuarentena (cumple 39 años el día 19), sigue pareciendo un adolescente congelado en el tiempo: su lacia melena, su indumentaria, la forma en que se mueve, el rostro incólume y la mirada decidida, todo sugiere más un muchacho con la vida por delante que un hombre con tanto por detrás. Pero, en cuanto se le escucha, se comprende enseguida que se trata de un espejismo.





EL BARRIO La mina, zona chabolista de la periferia de barcelona convertida en desolador barrio-gueto, fue la escuela donde él y sus hermanos aprendieron a valerse por sí mismos y a delinquir.
¿Quién es hoy, después de sus fugaces y dudosos momentos de fama, de los muchos atracos y persecuciones, de todos sus intentos de huida y de los largos años de cárcel, Juan José Moreno Cuenca? Hay varias maneras de responder a esa pregunta. La más simple: hoy día, este hombre es un interno del centro penitenciario de Brians, en Barcelona, clasificado en primer grado (el más severo) y con condena pendiente -tras la acumulación de la que le correspondió por su último delito, cometido el año pasado durante un permiso- hasta el 1 de febrero de 2007.

Según la policía, se trata de un reincidente nato, en gran medida debido a su drogadicción, que en cuanto se ve libre no encuentra otro camino que delinquir, cada vez de forma más atropellada y con menos destreza. "Nunca fue muy fino, pero ahora es un delincuente desastroso, que actúa como hoy ya no actúa nadie, que repite una y otra vez lo único que sabe, que es coger un coche y atracar tiendas, hasta que le pillamos", explica un inspector barcelonés. "Eso sí, al volante es un as, un conductor increíble", añade, "y una vez que lo coges, nada peligroso, inteligente y hasta simpático". La visión más dura se da desde las instituciones penitenciarias que hoy le custodian: "Es un psicópata, no cabe duda", apunta alguien a cuyo cargo ha estado en la cárcel. "Es listo, puede ser incluso agradable si quiere, pero está perdido, y completamente afectado por su reclusión. Lo que se debería haber hecho con él es aplicarle el reglamento sin tantas contemplaciones".

Su antiguo abogado, José Sáinz Vila, admite que ha tenido oportunidades, mejores o peores, y que las ha desperdiciado siempre. Sin embargo, se opone a los que dicen que no ha hecho otra cosa que aprovecharse. "La gente se reía de mí por ayudarle, mis amigos me decían que me engañaría siempre. Pero le aseguro que de mí no se aprovechó nunca", sentencia. Para su abogada actual, Juan José Moreno Cuenca es uno de tantos chavales de los barrios marginales arrojados a la delincuencia por un ambiente familiar desestructurado, uno de tantos delincuentes puramente sociales, por los que el sistema penitenciario y judicial español no ha acertado hasta la fecha a hacer nada. "Es la asignatura pendiente de la democracia", afirma, "y basta fijarse en el espeluznante hecho de que mientras en Europa, en los últimos 20 años, la población reclusa ha disminuido, en España ha aumentado en un 30%. Lo único que le ofrecemos a esta gente es cárcel y más cárcel, hasta que el sida o una sobredosis o lo que sea se los lleve por delante. No los reinsertamos nunca, y eso, aparte de un fracaso de nuestro sistema, es incumplir el mandato constitucional sobre la finalidad reeducadora de la pena".

La esperanza de Juan José, para su abogada, es que le dejen salir a un centro de rehabilitación que no tenga carácter penitenciario. "Que le otorguen la posibilidad de superar su drogadicción en un lugar donde no haya barrotes, donde no prosiga la maldición carcelaria que ha sido toda su vida". Legalmente, esto podría proporcionársele en cualquier momento porque, desde el 19 de junio de 1999, tiene cumplidas tres cuartas partes de su condena, lo que en principio le habilitaría para salir en libertad condicional.

Seguramente es normal y hasta inevitable que alguien como Juan José Moreno Cuenca suscite posturas encontradas. Pero hay algunas cosas en las que todos, los que lo tuvieron o lo tienen enfrente, y los que estuvieron o están a su lado, coinciden. Podemos considerarlas, pues, verdades más o menos objetivas. No cabe duda de que se trata de un individuo dotado de una inteligencia natural y de una resistencia notable, puesto que hace falta tenerlas para haberse pasado la vida en la cárcel y no haberse derrumbado. No puede negarse tampoco, su capacidad para inspirar simpatía, incluso en aquellos a los que se enfrenta. Consta por otra parte su rebeldía y un cierto impulso autodestructivo, que acaso esté en la base de sus quebrantamientos de condena. Véase, si no, el último, en 1999, cuando salió con permiso para ir a la autoescuela (curiosamente, no tiene carné de conducir) y acabó robando para conseguir droga.



Sin rencor. Pero también es un hecho incontestable que desde que era un niño ha estado siempre a merced del aparato penitenciario de nuestro país, que ha sido su único maestro y tutor. Y también es un hecho objetivo, tal vez el más objetivo de todos, que Juan José Moreno Cuenca todavía está vivo. Esto es algo que no se puede decir de sus hermanos Julián, Antonio, Miguel o Isabel, ni de sus colegas, el Pote, el Torete, el Pacorro... Para ellos ya no hay remedio. Con El Vaquilla, al menos, cabe albergar la duda.
Hoy Juan José Moreno Cuenca aspira a cerrar cuentas con el pasado. No le echa ninguna culpa a la sociedad ("es absurdo, con eso no saco nada, ni consuelo ni justificación") y reconoce sus responsabilidades, aunque siempre recuerda el alto precio que ya ha pagado: "No debo nada a nadie y nadie me debe a mí", precisa, con un punto de orgullo. Admite que ha habido personas que se han esforzado por él, incluso en la cárcel. Gente que le ha visto y ha pensado: "Pero si éste toda su vida no ha sido más que un desgraciao". Y le ha tenido un poco de compasión. Sin embargo, cree que estos benefactores han sido siempre los menos y, ante todo, niega que se lo hayan puesto fácil, como dicen por ahí.

Del mismo modo, lamenta el daño que ha causado a gente inocente, si bien recuerda que a él también se lo han hecho. "Sé perfectamente cuándo le he hecho mal a alguien", declara, "pero también le digo a la gente que las circunstancias en las que me he visto me han impulsado a hacer lo que no quería. Claro que sé que no hay que robar. Hay muchas cosas que no se deben hacer", afirma con una enigmática ironía. Quizá lo que más le duele es que haya algunos que casi lamentan que nunca haya matado y que, siempre que pueden, sacan a relucir lo de aquella mujer que murió por accidente, cuando él contaba con 13 o 14 años. "De aquello lo recuerdo todo", dice con un repentino deje de solemnidad, "su nombre, su edad, el día y cómo se echó debajo del coche y ya no pude esquivarla".

Asegura que ya no disfruta mientras roba como ocurría de chico, cuando, con una pistola en la mano, veía a la gente suplicarle que le dejara vivir. "He reincidido en el delito", admite, "pero lo he pasado muy mal mientras robaba. Ya no era aquel chaval que atracaba como si nada y que sentía ese placer que se siente ante el peligro. Al revés, cada vez que volvía a hacerlo me resultaba más difícil". Y se apresura a aclarar: "Pero que conste que, si he dejado de disfrutar, ha sido por mi propia madurez, no por la prisión".

Confiesa sin tapujos su odio hacia los carceleros ("de eso no me pienso rehabilitar nunca") y, al referirse a este punto, su discurso, siempre bastante elaborado, registra un esfuerzo suplementario de persuasión: "Yo sé bien lo que son sus obligaciones porque conozco el Reglamento Penitenciario, desgraciadamente para mí. Y si hay algo que no puedo soportar es a quien somete a alguien abusando de su poder". Por el contrario, ha mejorado en los últimos años su visión de la Guardia Civil, sus implacables perseguidores en la adolescencia. "Me encuentro con ellos en las conducciones", dice, "cuando me llevan al Juzgado. Siempre son más o menos los mismos, y ya nos conocemos. El trato es bastante correcto y hasta cordial, porque cada uno sabe cuál es su papel. Ellos mismos te lo dicen, que saben que tú vas a intentar aprovechar cualquier descuido, si lo tienen, y que entiendas que ellos harán lo posible para que no tengas la menor ocasión. Pero sin ningún mal rollo. Todo absolutamente profesional", explica.



Estudiar leyes. Juan José Moreno Cuenca declara admirar, por encima de todo, la inteligencia. Le habría gustado ser abogado, dice, y cuando repasa sus experiencias amorosas (incluido su breve matrimonio) concluye que la mujer de sus sueños está todavía por llegar. "Con esta vida que he tenido, poca oportunidad hubo para eso. En medio de tanta cárcel nunca ha habido tiempo para mantener una relación ni medianamente duradera". Confiesa que el momento más feliz de su vida fue cuando volvió a pisar la calle después de 12 años seguidos de talego. "Estaba como loco: el aire, la luz...". Y el momento más triste, cuando vio a la gente morir a su alrededor.
Ahora tiene mucho tiempo para pensar porque pasa 20 horas en su celda y sólo dos paseando por el patio, con otros dos o tres presos de primer grado. "Me doy cuenta de que los años pasan, de que las posibilidades son cada vez menores", reconoce, un tanto sombrío. Sus reflexiones le conducen una y otra vez a la misma conclusión: "Ya está bien, chaval. Ya has tenido toda la cárcel que se puede tener". Sólo pide una cosa: "Que me dejen vivir normal", suplica. Y si se le preguntan detalles sobre su deseo insatisfecho, lo enuncia con una simplicidad pasmosa: "Tener un trabajo, ser libre y que la policía no me ande persiguiendo".

Habla con convicción, con energía, y siempre con la misma sonrisa, una sonrisa remota y triste que sus ojos subrayan con un extraño fulgor. Es un superviviente solitario y se ha resignado a serlo. Aparte de algún samaritano que trata de ayudarle, y de alguna comunicación esporádica con sus hermanas pequeñas, nadie va a verle. Todos los que habitaron su vida están muertos o han desaparecido. A su madre, Rosa Cuenca, hace muchos años que no la ve. Nunca le ha visitado en Brians.

La última escena de esta historia, por ahora, ocurre en la penumbra de un piso del Ensanche barcelonés. Desde su lecho de enfermo, el viejo abogado José Sáinz Vila formula una petición: "Hable bien de él". Y agrega: "Desde siempre, todos han abusado, todos se han aprovechado de él. Los del cine y muchos otros. Es una historia tan triste, tan lamentable, que no puede serlo más. Pero él nunca fue malo. Si le hubiera conocido entonces… Créame, se ha perdido algo en ese chico". El chico, todos aquellos chicos de La Mina, se perdieron para siempre. En una celda de Brians, hay un hombre que sigue aguardando.
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Admin · 509 vistas · 1 comentario
15 Dic 2007 

El torete ¿por que no hizo mas peliculas?

Mucha gente me ha preguntado porque "el torete" dejo de hacer peliculas despues de "los ultimos golpes de el torete".Este es el motivo:

El Torete vivio el mejor momento de su vida entre 1979 y 1980,tenia una carrera prometedora como actor y !!como cantante!!.

Y estaba totalmente rehabilitado.

En 1980 firmo un contrato de 5 años con la discografica EMI para sacar un disco sal año,el torete cantaba muy bien,en los 2 libros del el vaquilla podeis comprobarlo.

Pero todo fueron desgracias,el torete tenia un monton de jucios pendiendes por atracos pasados y al terminar "los ultimos golpes de el torete" fue condenado a 12 años de prision por varios atracos a bancos que cometio entre 1977 y 1978.Tambien podeis comprobarlo en los libros de el vaquilla.

En 1985 salio en libertad preventiva y pudo colaborar en "Yo,el vaquilla",luego se paso sal trapicheo de drogas,se metio en la heroina y murio de sida.

Quizas si no hubiese ingresado en prision en 1980,el torete podria haber llegado a ser un gran actor y cantante.Un pena.

saludos.
Admin · 3597 vistas · 13 comentarios
15 Dic 2007 

El disco de torete

eL DISCO DEL TORETE:

A finales de 1979 sale esta noticia en varios periodicos,revistas y radios:


CANCION PARA EL "TORETE"

Angel Fernandez Franco "el Totrete" extiende su campo de accion al terreno de la cancion.

La EMI le ha contratado por siete años,durante los cuales grabará un disco anual.José Antonio de la Loma,hijo,será su productor discografico y ya va a empezar a grabar pronto un single y un LP,con canciones que le escribirá,posiblemente Rafael Gil(no el director de cine) descubridor de Miguel gallardo.Tambien se intenta que el propio "Torete" componga alguna cosa.¿Su estilo?.Agitanado,al estilo Los Chungutios.

El Torete tiene una voz fuerte,ronca, y ademas toca la guitarra.



Pues bien,esta mañana he hablado con Jose Manuel De la Loma,que es el nieto de De la Loma,padre.

Si es verdad que el torete firmó un contrato de siete años,la EMI le pago medio millon de pesetas como adelanto del primer disco.

Al principio el torete tenia mucha ilusion por lo del disco,pero luego se iba perdiendo,habia dias que no aparecia por el estudio de grabacion,otros venia muy mamao de haber pasado toda la noche de juerga,no se aprendia las canciones,las canciones que componia no las terminaba,se gastó el medio millon de pelas en una semana y pedia mas dinero.

Al final pudo salir al mercado un single con dos canciones,una en cada cara.Pero no tuvo mucha difusion.

La discografica EMI rompio el contrato con el Torete y se acabó.

Se dice,se comenta y se rumorea que llego a salir una cinta pirata con varias canciones de la maqueta que estaban haciendo.

saludos.
Admin · 1916 vistas · 11 comentarios

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Gracias por visitar este blog que es un atributo hacia la delincuencia de los 80 y esos delincuentes de señido pantalon que robaban por necesidad. ¡Dale caña torete! Roba lo que puede robar