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Torete y Vaquilla

15 Dic 2007 

Biografia de el vaquilla(wikipedia)

Juan José Moreno Cuenca



De Wikipedia, la enciclopedia libre



(Redirigido desde El Vaquilla)




Juan José Moreno Cuenca (Sant Adrià del Besòs, 19 de noviembre de 1961 – † Badalona, 19 de diciembre de 2003) alias El Vaquilla fue un mítico delincuente español que simbolizó a la generación perdida de la heroína de los años 1980




Familia



De etnia gitana, su madre era una presidiaria habitual, su padre un cantaor del que nunca más se supo y su padrastro murió de un ataque cardíaco mientras escapaba de la policía tras un robo en una fábrica.



Sus hermanos:



  • Antonio, pereció en un tiroteo con la Guardia Urbana de Gerona.

  • Julián, murió al tratar de huir saltando por una ventana del hospital donde se le custodiaba.

  • Miguel, su preferido, falleció durante una persecución en coche con la policía. Todas estas muertes han sido caracterizadas en ocasiones como emblemáticas del destino que reservaría la sociedad para las familias con menos oportunidades.




Vida personal


Hijo de una familia desestructurada y marginal del barrio de La Mina, limítrofe con Barcelona, El Vaquilla inició su carrera delictiva a los 11 años de edad, cuando se hizo conocido por robar coches y burlar con ellos a la policía a gran velocidad durante largas persecuciones, para lo que tenía que utilizar almohadones y zancos, pues por su corta edad no llegaba a los pedales.



Adicto a la heroína, Moreno Cuenca fue ingresando y escapando de diversos reformatorios hasta que, con 16 años, ingresó por primera vez en la Cárcel Modelo de Barcelona, donde años después, en 1984, protagonizaría un importante motín durante otro de sus encierros. Su apodo de Vaquilla se debe a un atribuido rasgo de personalidad, según el cual Moreno Cuenca embestía a pecho descubierto ante la menor provocación, sin pensar en las consecuencias. También se dice que, pese a su comportamiento sociópata y violento, era de buen corazón y tenía conciencia social, por lo que ha llegado a ser caracterizado como un Robin Hood de barrio más que como un miembro del lumpen.



Tras muchos años de delincuencia, marginalidad y prisiones, y varios intentos fallidos de abandonar su adicción, Moreno Cuenca falleció finalmente de cirrosis en el Hospital Universitari Germans Trias i Pujol de Badalona a la edad de 42 años. Su libertad estaba fijada para el 3 de febrero de 2007.



Tan lejos llegó a la fama, el apodo de Vaquilla que ha llegado a ser un término habitual en España para definir a personas de similares características, con orígenes muy problemáticos y difícilmente rehabilitables.




El mito




  • Su biografía, titulada El Vaquilla. Hasta la libertad repasa su carrera delictiva y denuncia el sistema penitenciario como inhumano e incapaz de rehabilitar a las personas cuyos orígenes les impidieron tener una vida normal.


Admin · 2838 vistas · 13 comentarios
15 Dic 2007 

La mitica pelicula yo,el vaquilla

Yo, "El Vaquilla"




Yo, "El Vaquilla" es una película de carácter biográfico que nos cuenta la vida de "Juan José Moreno Cuenca". José Antonio de la Loma nos muestra a l Vaquilla como un auténtico Robin Hood a la española.


La banda sonora del film corrió a cargo de Los Chichos donde destaca el tema principal dedicado al Vaquilla.



También es destacable la fugaz aparición de un ya mayor Ángel Fernández Franco "El Trompetilla" (el inolvidable Torete en Perros callejeros) interpretando a un abogado.



Un Robin Hood idealista



En Yo, "El Vaquilla", se cuenta la vida de Juan José Moreno ("El Vaquilla") desde una perspectiva completamente irreal: se hace ver a "El Vaquilla" como un pobre niño que, casi sin querer, sin tener él la culpa y por supuesto con buena intención, se ve metido en el mundo de la delincuencia. Muy amigo de sus amigos, altruista, generoso... un verdadero desfile de virtudes, junto con sus excepcionales habilidades para el robo; algo que contrasta con "El Vaquilla" de la vida real. es una peliqula mas qe buena un ninio mas lesto sqimi laqomedia vaquia es mas bueno




Sinopsis



Desde el penal de Toledo, en 1985, Juan José Moreno Cuenca alias "el Vaquilla" nos relata sus vivencias como delincuente. El Vaquilla, huérfano de padre, narra en primera persona su vida desde su más tierna infancia cuando iba al colegio como un niño más e incluso era un buen estudiante hasta como tuvo que buscarse la vida una vez que su madre entró en prisión. En la película nos cuenta los golpes junto a sus familiares y su banda, las persecuciones policiales en los míticos Seat 124, las detenciones, las continuas entradas y fugas de los reformatorios, y, sobre todo, la vida y las relaciones entre el pueblo gitano.


Imagenes de la pelicula:




http://www.cccb.org/rcs_gene/fotocrom_elVaquilla.jpg


http://www.cccb.org/rcs_gene/vaquilla_3.jpg

 



Yo, "El Vaquilla"
Título Yo, "El Vaquilla"
Ficha técnica
Dirección José Antonio de la Loma
Producción Golden Sun S.A., Jet Films S.A., nCine S.A.
Guión José Antonio de la Loma
Música José Antonio de la Loma Jr.
Fotografía Carles Gusi
Reparto Juan José Moreno Cuenca, Raúl García Losada, Teresa Giménez, Carmen de Lirio, Frank Braña, Alfred Lucchetti, Mingo Rafols, Ángel Fernández Franco "El Trompetilla"
Datos y cifras
País(es) España
Año 1985
Género Cine quinqui
Duración 104 minutos
Ficha en IMDb

 



Admin · 2057 vistas · 5 comentarios
15 Dic 2007 

Muere 'El Vaquilla'

ESTABA EN LIBERTAD CONDICIONADA POR SU SALUD
Muere 'El Vaquilla' en el Hospital Penitenciario de Badalona

EFE

'El Vaquilla', a la salida de los juzgados. (Jesús Vargas)
'El Vaquilla', a la salida de los juzgados. (Jesús Vargas)
    A D E M Á S ...
BARCELONA.- El afamado delincuente Juan José Moreno Cuenca, alias 'El Vaquilla', falleció a los 42 años en el Hospital de Can Ruti, de Badalona (Barcelona), donde estaba ingresado a causa de una cirrosis, han informado fuentes del departamento de Justicia de la Generalitat.

'El Vaquilla', ejemplo de delincuente juvenil de los 80, interpretó en 1985 la adaptación cinematográfica de su propia biografía, 'Yo, el vaquilla'. La película fue dirigida por José Antonio de la Loma y su hijo, ambos artífices del éxito 'Perros callejeros'. En el filme, Juan José Moreno Cuenca cuenta cómo es la vida gitana y asegura que lo único que se puede hacer para vivir es robar.

El delincuente, que tenía anticuerpos del sida y que nunca llegó a rehabilitarse tras pasar más de 20 años en la cárcel, se encontraba en situación de libertad condicional avanzada debido a la gravedad de su enfermedad.

Hace un mes fue trasladado del centro penitenciario de Quatre Camins al hospital penitenciario de Terrassa (Barcelona), donde se le agravó su dolencia terminal, por lo que fue desplazado al hospital de Can Ruti de Badalona, donde hoy ha muerto.

Moreno Cuenca cumplía una pena de cárcel de 30 años en la prisión de Quatre Camins. 'El Vaquilla' tenía varios antecedentes por robo y había protagonizado motines e incidentes en la cárcel, además de una fuga en 1999. El fallecido había estado por primera vez en la cárcel en agosto de 1975.

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15 Dic 2007 

La biografia mas completa del vaquilla

El 3 de noviembre de 1994, Antonio Ugal Cuenca, hermano del Vaquilla y más conocido como Tonet, se tropezó con una vecina de su barrio de La Mina, en Sant Adrià del Besós, Barcelona.

Se acababa de cortar el pelo, y como a la vecina le pareció que le habían dejado muy feo y tenía la suficiente confianza con él, se lo dijo. "No te preocupes, que ya me pondré guapo", respondió Tonet. Y, casi a renglón seguido, añadió: "Me tengo vista una joyería que alucinas, ¿quieres venirte?".

Reportaje
PRIMERAS DETENCIONES fue arrestado con 12 años, en enero de 1975, junto al "trompetilla", por hurto de turismos e intento de atropello de varios agentes. A los 14 años fue nuevamente detenido por robar coches, bolsos y desobedecer a la autoridad armada. Por entonces medÍa 1,60 metros, pesaba 46 kilos y llevaba tres tatuajes: un sable y las inscripciones "amor de madre" y "en mis tiempos era el rey del volante el vaquilla".

La vecina, carterista veterana pero poco amiga de meterse en atracos, declinó la invitación. Tonet no llegó a ver ponerse el sol aquel día, pues, pocas horas después, cayó abatido por la Guardia Urbana de Girona. Según se cuenta, desoyó el alto de los agentes y hubo una persecución y un tiroteo: Tonet llevaba una escopeta. En La Mina prefieren otra versión: "Los de la Guardia Urbana lo barrieron como a un conejo. Tienen el gatillo la hostia de rápido, más que la madera o los picos".

Éste no es más que un episodio, seleccionado al azar, de la otra historia de Juan José Moreno Cuenca, bautizado El Vaquilla por lo inquieto que era de niño. Una historia que apenas se ha contado, pese al nada desdeñable espacio que a este hombre le han dedicado los medios de comunicación en las últimas tres décadas. Lo que todos conocemos de Juan José Moreno Cuenca es su leyenda: la historia de ese niño nacido en la periferia deprimida de Barcelona que, con once años, robaba coches y los conducía sentado en un cojín para alcanzar a ver por el parabrisas. El niño delincuente que con 12 años ya había birlado a un vigilante su primera pistola y asolaba la Costa Brava practicando con las turistas la peligrosa técnica del tirón desde coche en marcha (tan peligrosa que, en una ocasión, le costó la vida, accidentalmente, a una de sus víctimas). El niño presidiario que a los 13 años ya se había escapado de todos los reformatorios de España.

Ésta es la primera parte de su leyenda, en gran medida difundida gracias a la oportuna (u oportunista) versión cinematográfica que hiciera de ella, en su día, José Antonio de la Loma. La segunda parte se refiere a su larga vida de recluso conflictivo, repleta de motines, quebrantamientos de condena y constantes reingresos en prisión. Para muchos, Juan José Moreno Cuenca, o mejor dicho El Vaquilla, su desdichado personaje, no es más que ese delincuente crónico condenado a regresar siempre al talego, sin redención posible.

Reportaje Reportaje
EN DIRECTO En diciembre de 1984 la cadena de televisión tv3 filmó una de sus persecuciones. A la izquierda aparece junto con sus compañeros de robo nada más ser detenidos por la policía. Y a la derecha, el vaquilla, que resultó herido de un disparo.

Pero, detrás del mito y de sus simplificaciones hay una historia mucho más ambigua, con alguna paradoja, con su inevitable revoltijo de frustraciones y esperanzas, y con su pizca de tragedia. La historia que no protagoniza ningún personaje legendario, sino ese hombre que hoy tiene 39 años, Juan José Moreno Cuenca, y también algunos otros. Uno de ellos, precisamente, aquel Tonet muerto a tiros un mal día de noviembre de 1994, hermano por parte de madre de Juan José y, como él y como tantos otros de La Mina, entregado, por las circunstancias o por lo que fuere, a un modo de vida que raramente permite a quienes lo ejercen pasar de los 40. Ésta es la historia de esa gente, de lo que fue de ellos y de lo que queda, a éste y al otro lado de las rejas de la prisión.

Antes de dar a luz a Juan José, fruto, según cuenta él mismo, de una breve relación con un cantaor que la sedujo en una boda, Rosa Cuenca había tenido de otro hombre, Miguel Ugal, otros cuatro hijos: Julián, Isabel, Antonio y Miguel Ugal Cuenca. Estando todavía embarazada, Rosa conoció a Antonio Moreno, quien, sin ser el padre, aceptó darle sus apellidos al pequeño Juan José. Con Antonio tuvo Rosa otras tres chicas: Carmen, Antonia y Gloria Moreno Cuenca. Actualmente, según se dice, vive en Girona con otro compañero del que aún ha tenido algún hijo más.

Pero los únicos hermanos con los que Juan José compartió algo fueron los mayores, los Ugal Cuenca. Fue la suya una convivencia bajo circunstancias nada comunes, discontinua y en la frecuente ausencia de la madre, que tan pronto estaba presa como separada de sus hijos por otras razones. Así las cosas, Juan José y sus hermanos se criaron con familiares varios y no siempre acogedores, cuando no anduvieron a su suerte. Lo único parecido a un padre que Juan José tuvo alguna vez fue su padrastro Antonio Moreno que, cuando él contaba muy pocos años, murió de un ataque al corazón tras robar en una fábrica y sufrir una persecución policial. Los psiquiatras han señalado la alta frecuencia con que los jóvenes violentos carecen de la figura paterna o tienen un progenitor pasivo ("el hombre que se sienta en el sofá y no habla nunca"). Según ellos, el padre es crucial como factor equilibrador y estabilizador para el individuo, y su falta puede tener efectos aún más devastadores que la de la madre.

Ni Juan José ni sus hermanos dispusieron de mucho amparo paterno. Debieron aprender a valerse por sí mismos, siguiendo el ejemplo de sus vecinos de los barrios marginales en los que se desarrolló su infancia: los desaparecidos Torrebaró y Camp de la Bota (el Campiri), y el barrio de La Mina, aún existente gracias a un torpísimo ensayo perpetrado a mediados de los 70 para acabar con algunos núcleos chabolistas barceloneses, a los que sustituyó por guetos cuya sola visión, todavía hoy, encoge el alma. Así iniciaron Juan José y sus hermanos sus andanzas, desde los primeros golpes, casi inocentes, hasta los delitos más peligrosos. Cuenta Juan José que lo primero que robó fueron unos lápices de colores en el colegio -al que apenas asistió un par de años- para venderlos y pagarse unas partidas de futbolín. Desde ahí progresó rápidamente a los hurtos de coches, los tirones y los robos a mano armada. Al final de sus días, el hermano Antonio, Tonet, estaba catalogado por la policía, al igual que la Chelo, su compañera, como un hábil atracador de bancos. Y el hermano mayor, Julián, que cargaba algún homicidio a sus espaldas, como un delincuente singularmente peligroso. Las razones por las que todos ellos, niños desvalidos de Torrebaró, llegaron al delito dependen de quién las explique.

Si hemos de guiarnos por el testimonio de un veterano policía que los conoció a todos y los detuvo en más de una ocasión, en los primeros tiempos robaban para fardar: "Veían un coche guapo, a alguien con un polo Lacoste, y querían conducir el uno o ponerse el otro. Pero no tenían dinero. Así que lo robaban". Después, al meterse por medio la droga -en la que todos, incluido Juan José, acabaron cayendo-, robaban para pagarse la dosis y quitarse el mono de encima. "Pero lo otro seguía estando ahí", puntualiza el policía. Sin embargo, si escuchamos al propio Juan José, la versión es ligeramente distinta: "Robábamos porque no teníamos nada. Robábamos para comer, para tener lo básico". Siempre cabe discutir sobre qué es lo básico, claro. Pero dudosamente está ahí el quid del asunto.

Un delincuente de 11 años. Ante aquella partida de niños y después muchachos, tan activos como temerarios, la sociedad hubo de reaccionar. La sociedad era la española de finales del franquismo y de la transición, y su reacción no fue excesivamente imaginativa. Desde los once años, ateniéndonos a su propio relato, Juan José se acostumbró a las persecuciones policiales a tiro limpio, a los "hábiles interrogatorios" en comisarías y cuartelillos y a entrar y salir de los reformatorios de la época, muchos regentados por religiosos, donde se recurría a la tortura para tratar de amansar a aquellos chavales incorregibles. Su relación con las fuerzas del orden no podía ser de mayor hostilidad. "Especialmente con la Guardia Civil", recuerda hoy Juan José, "y no sólo porque nos perseguían a tiros por las carreteras cuando apenas éramos unos críos, sino también porque, ya de chicos, los habíamos conocido, cuando íbamos por ahí en plan nómada y ellos venían, les metían fuego a las chabolas y pegaban y les cortaban el pelo a las mujeres. Eso es lo que recuerdo de mi infancia, a un guardia civil pegándole a mi madre".

Tal vez la versión del protagonista contenga algún exceso narrativo, pero quienes conocieron y recuerdan aquellos tiempos pueden admitir sin esfuerzo una buena parte de verdad. De lo que no cabe ninguna duda es de que a los 13 años, Juan José Moreno Cuenca, un niño pese a todo, ingresaba en la cárcel Modelo de Barcelona, de donde no podría escapar tan fácilmente como de los correccionales juveniles. Alguien que aterrizó entonces en aquella prisión por motivos políticos lo recuerda así: "Llegué a la cárcel y me encontré en la galería a un niño. Me quedé estupefacto. Pregunté qué hacía allí y me dijeron que se escapaba de todos los reformatorios. Les dije que era ilegal, incluso llegamos a hacer una petición formal para que lo sacaran".

Reportaje Reportaje
JUICIOS Por el motín de la cárcel modelo de barcelona de 1984 (izquierda) y por la fuga de la prisión de cuatro caminos (1999) y los 13 delitos que cometió en los cinco días que estuvo fugado (derecha).

En la biblioteca de la Modelo, Juan José pedía tebeos. Entre las páginas, el bibliotecario le pasaba un pitillo aplastado. También le recomendó un libro, Vida y muerte de Durruti. El niño lo leyó. Todavía hoy recuerda aquella lectura: "Empecé sin muchas ganas, la verdad. Luego vi que era de un tío que se pasaba la vida perseguido por la policía, escapándose de cárceles. Y me enganchó". El niño salió de prisión con la amnistía posterior a la muerte de Franco. No le sirvió de mucho. Con 16 años (esta vez legalmente porque acababa de alcanzar la mayoría de edad penal) ya tenía una condena que le devolvía a las rejas.

Eran también los días de aquella famosa película, Perros callejeros, que lanzó a una suerte de estrellato al Vaquilla, pero que, como luego se demostraría, no iba a ayudar en absoluto a Juan José Moreno Cuenca. Lo que a él le tocó fue unirse a sus hermanos, todos ellos presidiarios, e iniciar el mismo camino que ellos llevaban ya un tiempo transitando con mayor o menor intensidad.

El camino de la cárcel, de las breves temporadas de libertad y de la cárcel otra vez. En ese recorrido infernal, Juan José, como todos sus hermanos, perdió la relación con su madre, aunque no le pide cuentas por ello. "La pobre mujer", dice, "no podía ir a visitarnos a todos, cada uno en una cárcel, y así nos fuimos distanciando poco a poco".

Alguien de La Mina relata así los episodios de libertad de que disfrutaba la gente como Juan José y sus hermanos: "Salían, venían al barrio, pasaban tres o cuatro días en la casa de alguien, paseando por la calle, sin hacer nada. Pero, dígame usted, adónde podían ir. Nadie quiere a esos chavales cuando salen de la cárcel, y a ellos nadie les ha enseñado a hacer nada de provecho. Entonces echaban de menos la droga o les daba por una chavala, y enseguida estaban robando un coche y dando palos otra vez".

Desde entonces, durante casi tres décadas, ésa ha sido la vida de Juan José Moreno Cuenca: cárcel y más cárcel, con pequeños intervalos de permisos penitenciarios o libertad condicional, que nunca le han valido para otra cosa que volver a delinquir. En ese tiempo, su relativa notoriedad pública, nacida en primera instancia de la popularidad que le trajera el cine, le ha deparado de todo: fases de un cierto encarnizamiento institucional, según señalan algunas personas próximas -quienes mantienen que la fama le ha servido, principalmente, para atraerse enemigos- y fases de cierta relajación y hasta de privilegio, apuntan en fuentes penitenciarias. Según éstas, con Juan José se han tenido miramientos que no se han dado con nadie. Se ha forzado la ley para darle permisos y ventajas, se le han ofrecido oportunidades reales de reinserción e incluso en ciertos momentos ha sido el niño mimado de la administración penitenciaria catalana: una especie de experimento innovador, emblemático y a la postre fallido. "El problema es que El Vaquilla no tiene remedio porque no es de fiar", dicen. "Hay gente con delitos más graves, asesinos y violadores, con los que puedes tratar porque cumplen lo pactado. Éste te la pega siempre".

La actual abogada de Juan José rechaza tajantemente ese supuesto trato de favor: "Lo único que han hecho con él ha sido concederle de vez en cuando un permiso, algo a lo que la ley le daba derecho de sobra, ya que este hombre se ha pasado toda la vida en prisión. Lo cierto es que, desde que tenía 16 años, Juan José Moreno Cuenca no ha vivido un solo segundo sin la sombra de la cárcel planeando sobre su cabeza. Nunca ha sido verdaderamente libre. Nunca ha tenido una oportunidad real".

Con todo, entre la gente de La Mina, entre los de su generación y los de su familia, Juan José puede considerarse paradójicamente afortunado. Volviendo a la historia colectiva, de la que este hombre no deja de ser uno de tantos ejemplos, anotemos lo que ha sido al cabo de los años de los demás. Empecemos por Julián, el hermano mayor, con el que menos trato tuvo Juan José y el más temible a juicio de la policía. Según cuenta José Sáinz Vila, durante mucho tiempo abogado de Juan José y de sus hermanos Antonio y Miguel Ugal Cuenca, el propio Tonet le prohibió que defendiera a Julián "porque era una mala persona". Pues bien, por temible o malo que fuera, ya nadie tiene que cuidarse de Julián Ugal Cuenca. Murió al caer a la calle desde una ventana del hospital Francisco Franco, mientras intentaba huir de la habitación en la que estaba custodiado junto a otro preso.


El resto de la banda. Tampoco hay ya nada que temer de Antonio Ugal Cuenca, Tonet, aunque en sus mejores tiempos, junto a la Chelo, su compañera, fuera una pesadilla para la policía. Queda dicho al principio cuál fue el desenlace de su carrera de atracador, pero podemos añadir algo acerca de la propia Chelo, "una chica en su época muy maja", según uno de los policías que entonces la perseguían. No ha muerto aún, aunque a finales de julio de 2000, según diversos testimonios, se encontraba internada en el hospital de Can Ruti, en fase terminal.

El tercero de ellos era Miguel, alias El Carica, el playboy de La Mina y el favorito de Juan José, con el que inició sus correrías por la Costa Brava y los primeros escarceos con chicas. Según la policía, era el menos activo de los hermanos, el que menos arriesgaba. Después de uno de sus golpes se enredó en una persecución con una patrulla de la Guardia Urbana de Barcelona. Mientras trataba de zafarse de sus perseguidores, se estrelló con el coche y se mató. "Todavía le echo de menos", dice Juan José, y los ojos, por lo general vivos e inquisitivos, se le pierden a lo lejos. "El tío se las ligaba a todas, incluso a las de la película", recuerda, con sentida nostalgia.

La última superviviente de los Ugal Cuenca era Isabel. Tenía seis años más que Juan José y, según él mismo refiere, actuó siempre como una madre. Ella era la que iba a comisaría a recoger a los hermanos cuando los detenían siendo unos críos. Ella era la que los regañaba cuando los veía con la droga. "Pobre Isabel", dice hoy Juan José, "tanto meterse con nosotros por la droga, y al final también acabó enganchada".

Isabel murió no hace mucho, según algunos de cirrosis; según otros de sobredosis. En cualquier caso, como consecuencia de su drogadicción. Su historia resulta especialmente descorazonadora. Estaba casada con Antonio Román Heredia, alias El Pote, un antiguo colega de Juan José que salió de la cárcel tras una larga condena, ya muerta su mujer, y que al poco tiempo se mató en un accidente de tráfico. Juntos, Isabel y él tuvieron cuatro hijos. Las autoridades les retiraron la custodia de los dos menores, que dieron en adopción y viven en algún lugar, con unos nuevos padres. La versión que dan en La Mina es ésta: "Se los quitaron y los vendieron a unos ricos por un montón de billetes". Los otros dos hijos, Antonio, alias El Coco, y Amalio Román Ugal, que andan por los veintitantos, ya están en prisión y tienen a las espaldas su propio historial delictivo. La misma canción que una y otra vez se ha escuchado en La Mina, entonada por una nueva generación. Las hermanas Moreno Cuenca -Carmen, Antonia y Gloria- han escapado por ahora a la maldición. "A ellas les cuidó la abuela y, por fortuna, han recibido una educación diferente", apunta Juan José. Y asegura que sus hermanas nunca han tenido problemas con la policía.

Si nos fijamos en los antiguos compañeros de fatigas de Juan José, el panorama no es más alentador. Aparte del Pote, uno de sus amigos más asiduos era Ángel Fernández Franco, El Trompetilla (o El Torete, desde que hizo en Perros callejeros el papel que estaba reservado al Vaquilla y que éste, preso, no pudo interpretar). El propio Juan José asegura que El Torete no era muy lanzado y siempre se quedaba algo atrás. Andado el tiempo dejó los atracos y se pasó al trapicheo de drogas. Murió por sobredosis.


Compañeros muertos. Otro consorte de entonces, el Pacorro, quedó por el camino mucho antes: murió a balazos en una persecución de la Guardia Civil, con unos 12 o 13 años. "Todavía me acuerdo de la cara de los guardias cuando sacaron del coche al niño cubierto de sangre", evoca Juan José con una frialdad resignada. Y recuerda algo que entonces le advertía su madre, cuando empezaba a robar coches: "Cuidado con la policía, hijo, que dispara sin preguntar la edad". "De los de aquella época, son muy pocos los que quedan", concluye El Vaquilla con una sonrisa amarga.

El aspecto que ofrece hoy Juan José Moreno Cuenca es, en efecto, el de un superviviente. Atrás queda aquel chaval alocado e impulsivo que adoraba los Citroën Tiburón, los FU-1600 y los FU-1800, las versiones más potentes del venerable Seat 124. Un chaval para quien los Chichos eran los máximos ídolos musicales y Ornella Mutti la mujer más maravillosa. La Mutti le sigue gustando: "Esa tía no cambia", observa divertido, "un día la vi en una foto con su hija, y la hija parecía mucho más vieja". Algo similar le pasa al propio Juan José. Aunque está al borde de la cuarentena (cumple 39 años el día 19), sigue pareciendo un adolescente congelado en el tiempo: su lacia melena, su indumentaria, la forma en que se mueve, el rostro incólume y la mirada decidida, todo sugiere más un muchacho con la vida por delante que un hombre con tanto por detrás. Pero, en cuanto se le escucha, se comprende enseguida que se trata de un espejismo.

Reportaje Reportaje
EL BARRIO La mina, zona chabolista de la periferia de barcelona convertida en desolador barrio-gueto, fue la escuela donde él y sus hermanos aprendieron a valerse por sí mismos y a delinquir.

¿Quién es hoy, después de sus fugaces y dudosos momentos de fama, de los muchos atracos y persecuciones, de todos sus intentos de huida y de los largos años de cárcel, Juan José Moreno Cuenca? Hay varias maneras de responder a esa pregunta. La más simple: hoy día, este hombre es un interno del centro penitenciario de Brians, en Barcelona, clasificado en primer grado (el más severo) y con condena pendiente -tras la acumulación de la que le correspondió por su último delito, cometido el año pasado durante un permiso- hasta el 1 de febrero de 2007.

Según la policía, se trata de un reincidente nato, en gran medida debido a su drogadicción, que en cuanto se ve libre no encuentra otro camino que delinquir, cada vez de forma más atropellada y con menos destreza. "Nunca fue muy fino, pero ahora es un delincuente desastroso, que actúa como hoy ya no actúa nadie, que repite una y otra vez lo único que sabe, que es coger un coche y atracar tiendas, hasta que le pillamos", explica un inspector barcelonés. "Eso sí, al volante es un as, un conductor increíble", añade, "y una vez que lo coges, nada peligroso, inteligente y hasta simpático". La visión más dura se da desde las instituciones penitenciarias que hoy le custodian: "Es un psicópata, no cabe duda", apunta alguien a cuyo cargo ha estado en la cárcel. "Es listo, puede ser incluso agradable si quiere, pero está perdido, y completamente afectado por su reclusión. Lo que se debería haber hecho con él es aplicarle el reglamento sin tantas contemplaciones".

Su antiguo abogado, José Sáinz Vila, admite que ha tenido oportunidades, mejores o peores, y que las ha desperdiciado siempre. Sin embargo, se opone a los que dicen que no ha hecho otra cosa que aprovecharse. "La gente se reía de mí por ayudarle, mis amigos me decían que me engañaría siempre. Pero le aseguro que de mí no se aprovechó nunca", sentencia. Para su abogada actual, Juan José Moreno Cuenca es uno de tantos chavales de los barrios marginales arrojados a la delincuencia por un ambiente familiar desestructurado, uno de tantos delincuentes puramente sociales, por los que el sistema penitenciario y judicial español no ha acertado hasta la fecha a hacer nada. "Es la asignatura pendiente de la democracia", afirma, "y basta fijarse en el espeluznante hecho de que mientras en Europa, en los últimos 20 años, la población reclusa ha disminuido, en España ha aumentado en un 30%. Lo único que le ofrecemos a esta gente es cárcel y más cárcel, hasta que el sida o una sobredosis o lo que sea se los lleve por delante. No los reinsertamos nunca, y eso, aparte de un fracaso de nuestro sistema, es incumplir el mandato constitucional sobre la finalidad reeducadora de la pena".

La esperanza de Juan José, para su abogada, es que le dejen salir a un centro de rehabilitación que no tenga carácter penitenciario. "Que le otorguen la posibilidad de superar su drogadicción en un lugar donde no haya barrotes, donde no prosiga la maldición carcelaria que ha sido toda su vida". Legalmente, esto podría proporcionársele en cualquier momento porque, desde el 19 de junio de 1999, tiene cumplidas tres cuartas partes de su condena, lo que en principio le habilitaría para salir en libertad condicional.

Seguramente es normal y hasta inevitable que alguien como Juan José Moreno Cuenca suscite posturas encontradas. Pero hay algunas cosas en las que todos, los que lo tuvieron o lo tienen enfrente, y los que estuvieron o están a su lado, coinciden. Podemos considerarlas, pues, verdades más o menos objetivas. No cabe duda de que se trata de un individuo dotado de una inteligencia natural y de una resistencia notable, puesto que hace falta tenerlas para haberse pasado la vida en la cárcel y no haberse derrumbado. No puede negarse tampoco, su capacidad para inspirar simpatía, incluso en aquellos a los que se enfrenta. Consta por otra parte su rebeldía y un cierto impulso autodestructivo, que acaso esté en la base de sus quebrantamientos de condena. Véase, si no, el último, en 1999, cuando salió con permiso para ir a la autoescuela (curiosamente, no tiene carné de conducir) y acabó robando para conseguir droga.


Sin rencor. Pero también es un hecho incontestable que desde que era un niño ha estado siempre a merced del aparato penitenciario de nuestro país, que ha sido su único maestro y tutor. Y también es un hecho objetivo, tal vez el más objetivo de todos, que Juan José Moreno Cuenca todavía está vivo. Esto es algo que no se puede decir de sus hermanos Julián, Antonio, Miguel o Isabel, ni de sus colegas, el Pote, el Torete, el Pacorro... Para ellos ya no hay remedio. Con El Vaquilla, al menos, cabe albergar la duda.

Hoy Juan José Moreno Cuenca aspira a cerrar cuentas con el pasado. No le echa ninguna culpa a la sociedad ("es absurdo, con eso no saco nada, ni consuelo ni justificación") y reconoce sus responsabilidades, aunque siempre recuerda el alto precio que ya ha pagado: "No debo nada a nadie y nadie me debe a mí", precisa, con un punto de orgullo. Admite que ha habido personas que se han esforzado por él, incluso en la cárcel. Gente que le ha visto y ha pensado: "Pero si éste toda su vida no ha sido más que un desgraciao". Y le ha tenido un poco de compasión. Sin embargo, cree que estos benefactores han sido siempre los menos y, ante todo, niega que se lo hayan puesto fácil, como dicen por ahí.

Del mismo modo, lamenta el daño que ha causado a gente inocente, si bien recuerda que a él también se lo han hecho. "Sé perfectamente cuándo le he hecho mal a alguien", declara, "pero también le digo a la gente que las circunstancias en las que me he visto me han impulsado a hacer lo que no quería. Claro que sé que no hay que robar. Hay muchas cosas que no se deben hacer", afirma con una enigmática ironía. Quizá lo que más le duele es que haya algunos que casi lamentan que nunca haya matado y que, siempre que pueden, sacan a relucir lo de aquella mujer que murió por accidente, cuando él contaba con 13 o 14 años. "De aquello lo recuerdo todo", dice con un repentino deje de solemnidad, "su nombre, su edad, el día y cómo se echó debajo del coche y ya no pude esquivarla".

Asegura que ya no disfruta mientras roba como ocurría de chico, cuando, con una pistola en la mano, veía a la gente suplicarle que le dejara vivir. "He reincidido en el delito", admite, "pero lo he pasado muy mal mientras robaba. Ya no era aquel chaval que atracaba como si nada y que sentía ese placer que se siente ante el peligro. Al revés, cada vez que volvía a hacerlo me resultaba más difícil". Y se apresura a aclarar: "Pero que conste que, si he dejado de disfrutar, ha sido por mi propia madurez, no por la prisión".

Confiesa sin tapujos su odio hacia los carceleros ("de eso no me pienso rehabilitar nunca") y, al referirse a este punto, su discurso, siempre bastante elaborado, registra un esfuerzo suplementario de persuasión: "Yo sé bien lo que son sus obligaciones porque conozco el Reglamento Penitenciario, desgraciadamente para mí. Y si hay algo que no puedo soportar es a quien somete a alguien abusando de su poder". Por el contrario, ha mejorado en los últimos años su visión de la Guardia Civil, sus implacables perseguidores en la adolescencia. "Me encuentro con ellos en las conducciones", dice, "cuando me llevan al Juzgado. Siempre son más o menos los mismos, y ya nos conocemos. El trato es bastante correcto y hasta cordial, porque cada uno sabe cuál es su papel. Ellos mismos te lo dicen, que saben que tú vas a intentar aprovechar cualquier descuido, si lo tienen, y que entiendas que ellos harán lo posible para que no tengas la menor ocasión. Pero sin ningún mal rollo. Todo absolutamente profesional", explica.


Estudiar leyes. Juan José Moreno Cuenca declara admirar, por encima de todo, la inteligencia. Le habría gustado ser abogado, dice, y cuando repasa sus experiencias amorosas (incluido su breve matrimonio) concluye que la mujer de sus sueños está todavía por llegar. "Con esta vida que he tenido, poca oportunidad hubo para eso. En medio de tanta cárcel nunca ha habido tiempo para mantener una relación ni medianamente duradera". Confiesa que el momento más feliz de su vida fue cuando volvió a pisar la calle después de 12 años seguidos de talego. "Estaba como loco: el aire, la luz...". Y el momento más triste, cuando vio a la gente morir a su alrededor.

Ahora tiene mucho tiempo para pensar porque pasa 20 horas en su celda y sólo dos paseando por el patio, con otros dos o tres presos de primer grado. "Me doy cuenta de que los años pasan, de que las posibilidades son cada vez menores", reconoce, un tanto sombrío. Sus reflexiones le conducen una y otra vez a la misma conclusión: "Ya está bien, chaval. Ya has tenido toda la cárcel que se puede tener". Sólo pide una cosa: "Que me dejen vivir normal", suplica. Y si se le preguntan detalles sobre su deseo insatisfecho, lo enuncia con una simplicidad pasmosa: "Tener un trabajo, ser libre y que la policía no me ande persiguiendo".

Habla con convicción, con energía, y siempre con la misma sonrisa, una sonrisa remota y triste que sus ojos subrayan con un extraño fulgor. Es un superviviente solitario y se ha resignado a serlo. Aparte de algún samaritano que trata de ayudarle, y de alguna comunicación esporádica con sus hermanas pequeñas, nadie va a verle. Todos los que habitaron su vida están muertos o han desaparecido. A su madre, Rosa Cuenca, hace muchos años que no la ve. Nunca le ha visitado en Brians.

La última escena de esta historia, por ahora, ocurre en la penumbra de un piso del Ensanche barcelonés. Desde su lecho de enfermo, el viejo abogado José Sáinz Vila formula una petición: "Hable bien de él". Y agrega: "Desde siempre, todos han abusado, todos se han aprovechado de él. Los del cine y muchos otros. Es una historia tan triste, tan lamentable, que no puede serlo más. Pero él nunca fue malo. Si le hubiera conocido entonces… Créame, se ha perdido algo en ese chico". El chico, todos aquellos chicos de La Mina, se perdieron para siempre. En una celda de Brians, hay un hombre que sigue aguardando.

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15 Dic 2007 

torete y vaquilla sigen teniendo sus idolos

"Somos como El Vaquilla y su banda"

Los menores que robaron un BMW se han fugado del centro de acogida y están en su poblado

DANIEL VERDÚ / SUSANA HIDALGO - Madrid - 16/01/2007

Han visto decenas de veces el DVD de Perros callejeros, la película donde José Antonio de la Loma recreó la vida de El Vaquilla y El Torete. Los chavales que fueron los reyes del robo y las persecuciones con la policía en la Barcelona de finales de los setenta. Y de tanto verla, El Toño, El Johnny y El Samurái, de 13, 10 y 8 años, tres niños que viven en el poblado chabolista de La Jungla, en el distrito de Vicálvaro, se montaron su propia persecución en la madrugada del sábado a bordo de un BMW 318 robado.

Los críos han visto decenas de veces la película de delincuentes 'Perros callejeros'

"¡Yo soy El Torete y el Johnny es El Vaquilla!", grita en su chabola El Toño, el conductor del vehículo. "¡Y yo El Mandarina!", replica El Samurái, el más pequeño del trío.

La persecución, llena de trompos y saltos por un camino de tierra de ocho kilómetros, acabó con el BMW estrellado contra un montículo de tierra y con los chavales detenidos. El Toño volvió a casa después de pasar por comisaría, y los pequeños, terminaron en el centro de acogida de menores Isabel Clara Eugenia, en Hortaleza. Ayer, ambos ya se habían fugado y chatarreaban por los alrededores del poblado. Se escaparon del reformatorio el sábado por la mañana y cogieron el metro hasta Vicálvaro. "Una paya nos dijo cómo teníamos que llegar", cuentan los menores. Desde el metro caminaron una hora hasta La Jungla.

El coche con el que emularon al Vaquilla y conducía El Toño con gran pericia se lo encontraron ya, aseguran, con el puente hecho y con las puertas abiertas en la Cañada Real, a pocos kilómetros de su poblado. "Volvíamos a casa los tres, y como estábamos cansados... pues lo cogimos. Pero ya estaba robado", aclara Toño bajo la atenta mirada de su madre Esmeralda, una gitana portuguesa que lleva 15 años viviendo en el poblado. El Toño y El Johnny son sus hijos. A su marido lo echó de casa hace algún tiempo "porque era un drogadicto y estaba siempre fumando heroína delante de los niños". El Samurái no tiene padres y vive en La Jungla, en la chabola de la Carmen, unos metros más allá que sus compañeros de rally.

El Toño tiene el pelo rizado y un estrabismo galopante; lleva las manos de color negro azabache de tanto buscar chatarra; apenas levanta un metro y medio del suelo. El chaval no debía ni llegar a los pedales del BMW, pero es el alto del grupo y le saca una cabeza al Samurái, a quien llaman así por sus ojos achinados. El Johnny (que en realidad se llama Adolfo), y que según su madre "es el más listo de la familia", por la noche no había llegado a la chabola.

Esmeralda recuerda lo sucedió el día de la trifulca. "El Johnny duerme conmigo en el colchón. Ya era muy tarde y yo estaba roncando. En eso que abrí un ojo, como a las cinco de la mañana, y vi que ya no estaba en la cama y pensé: '¡Ay, que éstos se han fugado otra vez!". Y ahí ya se lo vio venir. "Es la segunda vez que se escapan, es que éstos no quieren ir al colegio", añade la mujer, de 36 años y que luce un vestido rojo de noche.

Fuentes de la Policía Local de Coslada señalaron que hace 15 días los tres pequeños ya fueron pillados por la policía conduciendo otra furgoneta robada. "Lo malo de esto es que en 15 días les volveremos a pillar por ahí. Les encanta robar vehículos para hacer sus prácticas de conducción por los descampados", explican las mismas fuentes.

En su última fechoría, la del sábado pasado, los críos fueron interceptados conduciendo el BMW justamente antes de entrar en la M-45, cuando perdieron el control del volante y chocaron contra un terraplén y de rebote contra el coche de policía que los perseguía. "El policía, cuando nos vio la cara, nos preguntó: ¿Pero dónde vais tan pequeños?", cuenta El Toño. Hasta que se encontraron cara a cara con los pequeños delincuentes, los agentes pensaron que estaban persiguiendo a los ladrones que acababan de atracar una pizzería en Mejorada del Campo. A 80 kilómetros por hora, dando saltos por un camino de tierra, el coche de policía que seguía a los niños quedó inutilizable. "Lo tenemos en el taller hecho polvo", explican fuentes policiales.

Durante la persecución, la banda del Samurái intentó saltar varias veces del coche en marcha. Al abrir las puertas, los coches que había aparcados a los lados se llevaron la peor parte. "Íbamos los tres sentados en el asiento delantero", recuerda Toño, mientras mira a su madre de reojo. Ésta, entre aspavientos, pone el grito en el cielo: "Pero... ¿cómo? ¿Y si salís despedidos por el cristal?", le inquiere a su pequeño Torete por haber infringido las normas de tráfico.

Y no le falta razón. En la luna delantera del BMW, tras el trompo que puso fin a la persecución, quedó marcado el impacto de una pequeña cabeza. "Uno de ellos se debió dar contra el cristal. Le vio un médico, y mira si son duros, que no tenía ni un arañazo", recuerdan en la Policía Municipal de Coslada.


Más que una gamberrada

Después de la persecución policial y de la detención de los tres niños, el caso pasó a la Fiscalía de Menores. Dos de los niños fueron enviados a un centro de acogida dependiente de la Comunidad de Madrid, donde pasaron pocas horas porque se escaparon. Este periódico intentó sin éxito recabar una versión de lo ocurrido de la Consejería de Familia y Asuntos Sociales.

Agentes de la Policía Local de Coslada fueron los que detuvieron el sábado pasado a los pequeños, pero fuentes policiales destacaron que no van a ir a buscarles de nuevo al poblado. "En 15 días, volveremos a encontrárnoslos con una furgoneta robada", afirmaron dichas fuentes.

El Defensor del Menor, Arturo Canalda, aseguró que había analizado "con preocupación" este suceso y que, según está definida la Ley del Menor, "a los menores de 14 años no se les puede imputar delitos y hay que mandarles a casa, como ha ocurrido en este caso", informa Europa Press. "Los tres se van a casa sin saber que lo que han hecho está muy mal y puede que lo tomen como una gamberrada", agregó.

Para Canalda, "quizá se perdió una oportunidad con la reforma de la Ley del Menor para incorporar el tramo de 12 a 14 años y establecer medidas reeducativas para estos chicos que desde tan pequeñitos empiezan a delinquir".

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15 Dic 2007 

Fostos exclusivas del vaquilla


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15 Dic 2007 

Salto a la fama (delincuentes)

A)salto a la fama
Imagen de Dieguito el Malo en la portada de su libro La fuga de los 45. Portada del disco de los Chichos dedicado a El Vaquilla. Abajo: El Lute.

Con la detención de Dieguito El Malo cae el último ejemplar de una especie en vías de extinción: la del perro callejero mediático. El Lute o El Vaquilla recorrieron antes esa senda. Van armados, son peligrosos y hacen de sus vidas un reality show. Pasen, pasen y lean.

El caso es que hay que ser malo, malísimo, para disfrazarse (bigote y peluca al uso) con un único objetivo: atracar el Caprabo de la calle Canduxer de Barcelona, aunque para ello haya que secuestrar a siete personas, movilizar a 200 mossos d’esquadra, atraer a todas las televisiones del panorama audiovisual y, ya en los minutos finales, después de dos horas de negociaciones con la Policía, atizarse una botella de cava catalán y tratar de ocultar a la salida, entre la ropa, una paletilla de cerdo ibérico (en oferta, a 59 euros) y un botín de 30.000 euros. O eso, disponer de una crueldad congénita, o haber sido mordido por la vida más perra que uno pueda imaginar. Quizá en este caso confluyan las dos sospechas: maldad y desarraigo. Por algo Juan Diego Redondo es conocido tanto en los círculos carcelarios como en los reality shows de la era predigital por el apodo de Dieguito el Malo. Ocurría recientemente: Juan Diego era detenido por retener a nueve personas en un súper.

Cuentan las crónicas de sucesos que intentó huir, el tal Dieguito, oculto entre los rehenes y por una puerta de servicio del establecimiento, pero finalmente fue descubierto. El circo mediático, siempre dispuesto a propalar sórdidos espectáculos, aguardaba en la calle. Los servicios de documentación de todas las cadenas (autonómicas, públicas o privadas) demostraron estar a la altura: ese Dieguito el Malo era el mismo Dieguito el Malo que entrevistó en su programa la periodista Julia Otero. En aquella charla, el delincuente había expresado su mayor deseo: «Obtener la libertad para vivir con el hijo que me queda».

Antes de aquello no era nadie, o sí, sólo se trataba de un mangui de poca monta en situación de busca y captura desde el pasado agosto, cuando no regresó a la cárcel de Can Brians (Barcelona) tras un permiso de tres días. Cumplía diversas penas que sumaban diez años de cárcel por delitos de robo y tenencia ilegal de armas cuando se le concedió disfrutar de aquellas 72 horas en libertad. En la prisión de Brians estaba clasificado en segundo grado de tratamiento, habría cumplido las tres cuartas partes de su condena en 2007 y su puesta en libertad estaba prevista para noviembre de 2009, según el departamento de Justicia. Y en busca y captura protagonizó Dieguito un programa de la Televisión de Catalunya –Entre linies– que se emitió el pasado mes de septiembre.

El delincuente explicaba allí su negra y triste historia que ha corrido paralela a su estancia en 18 penales diferentes del país, con escasos periodos de libertad. Ha pasado mucho tiempo de penal en penal. Tiene 46 años. En los últimos 30 ha entrado y salido varias veces de las cárceles españolas, y no siempre por la puerta principal. Abundan en nuestra historia reciente estos Robin Hoods de trabuco nueve milímetros que en vez de repartir la pasta de los ricos entre los pobres, prefieren invertirla en una orgía de farlopa, meublés de copetín largo y pelucos de colorao que llevan tatuada la sentencia «Rolex» por todo santo y seña.

Añaden algunos cronistas sobre lo ocurrido en aquel súper que Dieguito el Malo, en curiosa paradoja, quiso repartir cestas de Navidad entre los empleados que había retenido. Por lo que se deduce que es posible que Juan Diego Redondo no sea tan malo. Tan sólo un enemigo íntimo de lo ajeno con derecho a flashes. Únicamente un perro callejero más, con el pedigrí del «Semos peligrosos». Otro de esos delincuentes innatos que harían llorar, desconsolado, al experto en reinserción social más curtido y cuyas primeras palabras pronunciadas, al cumplir su primer año de vida, son «¡Todo el mundo al suelo! ¡Esto es un atraco!».

Conviene recordar lo que decía Manuel Vázquez Montalbán, que en paz descanse, al referirse a otro caso nada ejemplar (al de Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla): «Si antes de la democracia, cualquiera que hubiera vivido una experiencia carcelaria comprobaba que el corto viaje de un delincuente común empezaba en el desarraigo social, luego familiar, orfelinato, tribunal de menores, la Legión, la delincuencia y diez años de cárcel por ser reincidente y haber robado con escalo y nocturnidad ocho kilos de caramelos, en plena democracia es posible comprobar que la evolución es la misma y que tal vez sólo falte el paso por la Legión y se sume como factor añadido la plaga neodeterminista: se nace chorizo o se nace presidente del Banco de Santander».

«A los siete años me fugué por primera vez del orfelinato Rivas, un internado de Protección de Menores para niños huérfanos y de familias numerosas. La escapada acabó al día siguiente: me encontró un empleado de feria mientras dormía en un remolque de atracciones.» Así arranca el primer libro escrito por Dieguito El Malo (ha escrito dos en total, publicados ambos por la editorial Maikalili, La fuga de los 45 y La fuga de los 45 II. Atracos a bancos, donde relata su participación en la espectacular fuga masiva de la cárcel Modelo de Barcelona en los años 80 y su consabida carrera como proscrito profesional).
Nace en Granada. Tras morir su padre, su madre se traslada a Barcelona con sus ocho hijos. Juan Diego tiene seis años y, por la situación familiar, lo encierran en un orfanato. Se escapa y roba una bicicleta. Tal gesta lo lleva directo al reformatorio, del que también se fuga. A los 15 años forma un grupo que atraca joyerías y bancos a mano armada. En 1975, con 16 años, pisa su primera cárcel: la Modelo de Barcelona.

Tras beneficiarse de un indulto, vuelve a delinquir y lo envían a una prisión soriana. En 1978 regresa a la Modelo y, convertido en cabecilla de la Coordinadora de Presos en Lucha (Copel), organiza la que pretende ser la fuga de 600 reclusos. Durante 15 días, los internos excavan un túnel hacia las alcantarillas. El 2 de junio de 1978, un total de 45 presos logra evadirse antes de que la Guardia Civil aborte la fuga del resto. En 1983, Dieguito se beneficia, junto con 10.000 presos más, de una excarcelación masiva por un abuso de prisión preventiva. Pero vuelve a entrar. Y a salir. Y a entrar.

Hasta que en 1988 su vida cambia. Se casa con Carmela y tiene dos hijos. «Por primera vez contaba con un trabajo fijo [fue carpintero], un hogar y una familia. Pero el sueño duró poco porque tenía una causa pendiente de 1978», relata en La fuga de los 45. En 1992 vuelve a ingresar en prisión. Su mujer se suicida tres años después, en diciembre de 1995. Y al cabo de muy poco, cuatro meses más tarde, su hija Lorena, de cinco años, se electrocuta cuando toca unos cables en una urbanización cercana a Rubí. «Atraqué bancos, joyerías y gasolineras, jamás a pobres, y no maté a nadie», sentenciaba Juan Diego Redondo recientemente en una entrevista. Y sí, quizá nos dé la razón: el caso es que hay que ser malo, malísimo, para disfrazarse con un único objetivo: atracar el Caprabo de la calle Canduxer de Barcelona, aunque para ello…
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15 Dic 2007 

Aplazamiento de la boda de el Vaquilla

Su novia culpa a Instituciones Penitenciarias del aplazamiento de su boda

Isabel Falla va a pedir el indulto para Juan José Moreno -- Ella asegura que «El Vaquilla» ha muerto

Vaquilla es el mejor
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ROSA M. TRISTAN

MADRID.-Al «Vaquilla» no le dejan casarse. Rodeada de libros de Derecho Penal, Isabel Falla, la compañera de Juan José Moreno Cuenca, el joven delincuente que lleva ya 14 años en prisión, denunció ayer que Instituciones Penitencias no les deja contraer matrimonio. «Dicen que casarse no es prioritario», afirma indignada.

Al parecer, se ha pospuesto el tercer permiso que Juan José tenía que disfrutar, incumpliéndose la legislación, y le han trasladado a la prisión de Logroño bajo la excusa de que tiene que presentarse en un juicio que se celebrará el 4 de mayo y en el que él es el denunciante.

Isabel Falla, de 37 años, y Juan José Moreno Cuenca, de 32, tenían pensado celebrar su boda en Madrid durante ese permiso, tras cinco años de «noviazgo» entre rejas.

Pero, según parece, todo son impedimentos. El juicio, que según la futura esposa del «Vaquilla» les ha servido para perjudicar al que fuera protagonista de una película sobre delincuencia juvenil hace años -Perros Callejeros-, es por una demanda contra un periódico de La Rioja que Juan José Moreno presentó hace tres años y al que él es el primer interesado en acudir. Este medio, del que no se desveló el nombre, le acusó en 1991 de haber secuestrado a unos funcionarios de prisiones.

EL TERROR.- Durante años, Juan José fue el terror de las cárceles españolas. Ladronzuelo desde los siete años, como ha confesado, durante los años setenta y ochenta se convirtió en uno de los más célebres reclusos del país, tanto por sus reiteradas fugas como por los motines que ha encabezado.

Pero Isabel afirma que ha cambiado, que «"El Vaquilla" murió hace años» y ahora está totalmente rehabilitado «y sólo por su propio esfuerzo». Los últimos años ha estudiado Derecho, Periodismo y está matriculado en Filología Hispánica en la UNED. Además, hace un curso de informática. Y es que Juan José quiere ser «El Lute II», según él mismo ha declarado.

Por ello, Isabel Falla, que se declara «loca de amor» por él, tiene previsto entrevistarse en esta semana con el ministro de Justicia, Juan Alberto Belloch, y pedirle el indulto total o parcial: «Su condena es de 30 años pero ya lleva 14 en prisión y se está "comiendo" la condicional sólo porque es un Cuenca, un apellido maldito, que suena a "chungo" entre los funcionarios de prisiones», dice cargada de despecho.

Isabel, que vive en Gerona, conoció al famoso recluso hace cinco años, cuando se ofreció para hacer colaboraciones en la revista «Alegato» que éste dirigía desde la cárcel. «Fue un flechazo; desde el primer momento hablamos sólo de sentimientos y comprendí que no era un asesino, sino alguien de gran personalidad que necesitaba cariño».

Desde entonces todo su tiempo libre lo ha pasado hablando con abogados, fiscales y jueces, esperando a la puerta de las prisiones donde estaba internado los veinte minutos semanales de comunicación. Su primera lucha fue que le trasladaran de Logroño a Cataluña para tenerle más cerca.

Primero le llevaron a la cárcel de Quatre Camins, en Barcelona, luego a la de Brians, donde consiguió su primer permiso de tres días. «Había apuestas entre los funcionarios sobre si se escaparía, pero regresó y demostró que «El Vaquilla» forma parte del pasado».

REHABILITACION.- A su vuelta se encontró en su celda con un acusado de violación, habitualmente recluidos aparte, y tras algunos problemas con él, le trasladaron de nuevo. Gerona era su nuevo destino, más cerca de Isabel. «Pero todos estos cambios -recrimina ella- están perjudicando a sus estudios, a sus relaciones, así que me hace gracia que luego hablen de rehabilitación, cuando están haciendo lo posible por retrasar que pueda salir y formar una familia».

De los Moreno Cuenca ya quedan pocos. Isabel, Julián y Miguel, alias «El Carica», los tres hermanos de Juan José, han muerto, algunos por culpa de las drogas. «Pero él ya no se droga, y que conste que la heroína la probó por primera vez en la cárcel», le defiende su compañera.

La boda, en el caso de Isabel, es vista como una necesidad porque «con el papelito del certificado aún evitas muchos problemas en España si estás en esta situación».

Lo que la pareja tiene claro es que su felicidad llegará cuando puedan estar juntos. «Ahora mismo nuestro único plan para el futuro es recuperar los 14 años que hemos perdido; no sé si él encontrará trabajo, pero sólo queremos estar los tres unidos: Juan José, mi hija, que ahora tiene 10 años, y yo».

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15 Dic 2007 

El vaquilla estaba casado

Biografía de un de un idolo

 ´El Vaquilla´ relató su vida en ´Hasta la libertad´, publicado por Ediciones B en abril del 2001 Su primer atraco a un banco acabó en un desastre total 

 

Pareja fallida El Vaquilla, con Isabel, el día de su boda, en 1994.
Foto:ARCHIVO / JUAN VALGADON

"Teníamos por hogar una chabola. Las familias se ganaban la vida con retales de las fábricas textiles que encontraban las mujeres, y que luego cosían y vendían por las calles, en los mercadillos". En su vecindario, "los niños crecían muy temprano empujados por la necesidad y el hambre". En el prólogo del libro cuenta: "Mi madre se llama Rosa; es una mujer que ya ha tenido varios matrimonios. Con mi padre sólo llegó a tener una relación de novios". La pareja se separó y Moreno Cuenca nunca conoció a su padre biológico. "El hombre con el que mi madre se puso a convivir después se llamaba Antonio Moreno. Era gitano". Siempre le llamaría papá hasta que la Guardia Civil lo abatió después de un robo.

Doña Rosa, a pesar de la escasez, llevó a sus hijos a la escuela. "Nos juntamos tres chavalines de los que íbamos al mismo colegio, nos dio por penetrar en él por una luna de cristal que habían roto de un balonazo". Se apoderaron de lápices, gomas de borrar y sacapuntas. Le expulsaron de la escuela.


El aprendizaje

Su familia lo separó de su madre y lo llevó a vivir a casa de un tío suyo. "Solía dejarme en el interior del vehículo mientras él bajaba y se hacía con los bolsos de las guiris de las zonas turísticas". Su hermanastro Antonet se lo llevó a vivir al Camp de la Bota.

"A los 9 años me ingresaron por primera vez en el reformatorio de Wad Ras, en Pueblo Nuevo"; la policía le sorprendió con una moto robada. Empezaron las entradas y fugas (pasó por centros de Zaragoza, Salamanca y Alicante). "A los 13 años me detuvieron, me acusaron de dos robos de coches y me ingresaron en la cárcel Modelo". "Recuerdo perfectamente el día en el que sonó el cornetín tocando un silencio floreado", a deshora. Era el 27 de septiembre de 1975 e iban a ejecutar al etarra Juan Paredes Manot, alias Txiki.

La mala hora llegó el 3 de febrero de 1981. Con el Lite atracó una sucursal de la Caixa. El robo fue un desastre, el Lite resultó herido y el Vaquilla fue condenado a 6 años y medio. Antes, en 1976, José Antonio de la Loma había rodado Perros callejeros , película inspirada en la vida de Moreno Cuenca.

El 13 de abril de 1984 hubo un motín en la Modelo y él logró que las autoridades diesen a los presos cierta cantidad de droga. Tenían a cuatro funcionarios como rehenes. Hubo otras muchas algaradas. En septiembre de 1994 se casó con Isabel Falla. El matrimonio fracasó. "Aprenderé todo lo que me valga para combatir la cárcel y al loco enemigo que puedo ser yo mismo para mí", decía en su libro.


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15 Dic 2007 

El vaquilla

El Vaquilla: cosas suyas
En cuanto a mí:

Murió sin pena ni gloria, Murió en Libertad. La muerte lo abrazó sin ruido, sin estruendo. Aquel niño nacido en el barrio de Vallbona (Barcelona) no fue elegido para vivir dignamente sino para luchar agriamente.


A los nueve años ingresó por vez primera en un reformatorio, cárcel de menores, donde comprobó que aquellos que hablaban en nombre de Dios molían a palos a los niños y hasta realizaban prácticas homosexuales con ellos. A fin de cuentas eran las víctimas que nadie iba a defender, sus familias, si es que las tenían, estaban ocupadas en otros menesteres más mundanos y no precisamente en conocer lo que estaba ocurriendo a sus niños.


Juan José decidió que aquello no era para él y un buen día escapó de aquel infierno incapaz de reformar nada.


Sus primeros seis años de prisión se fueron realimentando constantemente dando lugar a toda una vida de condena. Entre reformatorios, robos, drogas y rejas se le fue la vida.


Fátima Molina, su abogada, le aconsejó estudiar y escribir sus memorias; sin duda dos objetivos trascendentales para soportar la prisión y los abusos que con él se cometieron. Las autolesiones, las huelgas de hambre y los motines en la cárcel, para reivindicar un trato digno, fueron conductas frecuentes protagonizadas por Juan José. De nada o de poco sirvieron, si acaso para incrementar los años de condena y para justificar los duros castigos que se le aplicaron.


Vivió, también, su momento de gloria, un momento que, quizá, no supo aprovechar. En la década de los ochenta su biografía de infancia y adolescencia vio la luz y rodó una película bajo la dirección de Juan Antonio de La Loma.


En el año 1.994, tras doce años en las entrañas del infierno, la puerta de la prisión se abrió para que Juan José pudiera disfrutar de tres días de libertad. El sueño, tantas veces acariciado, apenas susurrado, se hizo realidad.


Los permisos se sucedieron, pero el hombre largamente encadenado no supo liberarse de sus demonios y su mente rescató de las ventanas de la memoria el recuerdo de las únicas habilidades adquiridas fuera de la prisión: el arte de robar.


Tras su muerte escuché voces que decían: "Fue carne de cañón". Sentí rabia e impotencia porque quienes así opinan lo hacen desde el desconocimiento, desde la ignorancia, desde una postura crítica con la conducta de los demás y tolerante con su propia mediocridad

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Gracias por visitar este blog que es un atributo hacia la delincuencia de los 80 y esos delincuentes de señido pantalon que robaban por necesidad. ¡Dale caña torete! Roba lo que puede robar