El Pico (1983):
Pues
ya que olvidé mis cuadernos escolares en casa, -cosa que no debería
haber hecho-, y que no puedo avanzarle a la tarea, pues concluyo que
por hoy tenemos tiempo para una segunda reseña. Tomaré como objeto un
filme relativamente sencillo y digerible, perteneciente a uno de los
géneros más populares en la península ibérica durante las primeras 3
cuartas partes de la década de los ochentas: el “quinqui.” Aunque en
esta instancia no se contextualiza nuestra historia en el marginal
mundo gitano, se ubica en otro bastante vernáculo (el vasco), e
involucra, como este cine supone, a la juventud y la delincuencia,
asegurándonos, como también es normal en estos casos, que lo que
estamos a punto de atestiguar es la libre recreación de “hechos
reales.”
Eloy
de la Iglesia, uno de los especialistas en el género, con la
colaboración de sus cómplices regulares e íntimos amigos Gonzalo
Goicoechea (co-guionista) y el actor José Luis Manzano (verdadero
delincuente juvenil quien compartiera créditos con los mexicanos Isela
Vega, Verónica Castro y Jaime Garza en Navajeros, producto del
mismo equipo), cosecha otro taquillazo con esta incursión; en tal
medida que, inmediatamente después, se pone a trabajar en una secuela
igualmente exitosa. Sin embargo, se antoja ésta como una obra más
personal, por tratarse de la provincia de la cuál es oriundo, -una de
las más singulares en el país ya desde su idioma, cuyos orígenes no
parecen estar en el latín ni el germánico, como la mayoría de las
lenguas occidentales-. En esta obra, que hizo, como mencionaba, con la
ayuda de gente cercana no sólo profesionalmente si no en el ámbito más
íntimo, habla de una adicción que a él mismo le afligió hasta empujarlo
a una especie de retiro del cuál volvió brevemente antes de morir, y
que parece ser que ha azotado particularmente fuerte al pueblo español:
la heroína (“caballo” como por allá es mejor conocida, o "chiva" por
acá). Incluso refleja en el personaje de Mikel (Quique San Francisco,
otro colaborador frecuente), afable “ángel guardián” del protagonista
harto similar a él mismo en la vida real respecto a sus preferencias
vocacionales, políticas y sexuales, lo que presumiblemente concebía
como los más altos valores e ideales concebibles.
De
primera instancia, nos da la impresión de estarnos enfrentado a una
obra que en su mensaje antidrogas resulta demasiado propagandística,
moralizante, sentimental y melodramática. Resulta incongruente que el
ambiente en el que Paco y Urko, los dos jóvenes drogadictos alrededor
de cuyas vidas gira nuestra cinta, esté representado en una luz tan
negativa, ya que por esas fechas más de uno de los involucrados en la
factura de esta obra se encontraba, al parecer, bastante fascinado por
él (especialmente el joven José Luis Manzano, cuya extracción
representaba ya de por sí potenciales conflictos). Sin embargo, este
vicio es conocido por su alto poder adictivo, y no quiere decir el
hecho de que tal vez estuvieran más “enganchados” que nunca, que la
experiencia de ser dependiente resultara demasiado agradable. Vemos
aquí, más que en detalle, al parecer muy informadamente (por
experiencia de primera mano, seguramente), cómo todos los ámbitos de
las relaciones personales en las que Paco se involucra se ven afectados
por su vicio, y cómo éste progresa en peligrosa enfermedad una vez que
su dependencia pasa a ser física, y el afectado se vuelve absolutamente
incontinente ante el síndrome de abstinencia (“el mono” allá, la
“malilla” por acá). Ya estamos demasiado familiarizados todos con el
tratamiento que al tema de la drogadicción aquí en esta obra se da. Sin
embargo, De La Iglesia aprovecha al máximo el potencial irónico y
crítico que el conflicto del padre de Paco representa. Es éste lo que
por allá se conoce como un “Picoleto,” –oficial de la guardia civil-,
quien no conoce otra vida que la de los duros rigores que su oficio
implica, y tampoco comprende los cambios que introducen en la sociedad
los nuevos gobiernos democráticos, -de tendencia izquierdista-. De la
misma forma, como “pico” se conoce a la versión inyectable de esta
droga. Paco le pregunta entonces a su padre a cuál de los dos picos se
refiere cuando alude a su ruina.
Parecen
también evidentes las tendencias políticas que nuestro autor favorece
en la distribución de roles, y al plantear como la resolución ideal al
dilema que el padre enfrenta el que asuma su rol como tal, y dejar de
ver la situación en la que repentinamente se encuentra involucrado
desde la perspectiva del “anticuado” oficial de policía que es. Sin
embargo, Urko, el amigo en cuya compañía Paco ha caído hasta el fondo
de este ámbito, es hijo de un funcionario adscrito al partido que no
sólo nuestro director sino la ciudadanía parecía favorecer en el
momento, al menos en lo que toca a la ciudad de Bilbao. Por medio de
esta situación, De La Iglesia plantea cómo las drogas pueden resultar
un problema no sólo para los que las combaten con armas como el
“picoleto,” sino incluso para quienes en algún momento pueden tener la
ocurrencia de “legalizarlas,” y “quitarles el trabajo” por su falta de
“experiencia práctica” e “idealismo.” No sólo a él sino al funcionario
público, ambos responsables del resguardo de las instituciones y el
orden, les plantea afrontar su problema como uno de orden familiar, ya
que ésta es la estructura que, a su modo de ver, se ve más afectada con
el problema de las drogas, en vista de que tanto el hampa como las
instituciones oficiales prevalecen a pesar de las unidades sociales más
pequeñas. Aquí los responsables de que la juventud esté a tan temprana
etapa ya hundida en el fondo de la miseria física y moral pueden salir
libres gracias a sus “valiosas” aportaciones a las agencias de
seguridad en materia de información y logística, -lo cuál da pie a un
incidente en donde lo que no pudo hacer la justicia formal lo hace la
“poética,” y tal vez vaya en detrimento estético de nuestro argumento-.
Estos “verdaderos” villanos no sólo corrompen a la juventud de ese
momento, sino que se aseguran de hacerlo también con las generaciones
venideras…